Testimonio enviado por una seguidora a [email protected]
Mi novio y yo llevamos 4 años juntos, y él es el amor de mi vida, al igual que yo el suyo. Aunque nuestra historia igual no es una romántico-cutre (expresión inventada, sorry) película de Netflix, pero el argumento principal se repite: chica de familia humilde conoce a «príncipe» de familia rica. Vale, no son de la realeza, pero os aseguro que podría dar el pego a veces. Actualmente, la única diferencia es que él no se ve beneficiado económicamente por su adinerada familia, y nosotros vivimos en un pisito como una simple pareja humilde.
Este contexto es básicamente para entender que procedemos de educaciones y pensamientos bastante distintos y, déjenme decir, distantes. Mientras él pasaba los veranos en un yate, yo, como mucho, tenía un yate-como en la orilla del mar. Nuestros padres todos unos currantes, eso sí, pero los míos sobreviven al día a día desde que tengo uso de razón, y yo he visto como cuesta ganarse el pan, que él digamos que no, porque su pan llevaba caviar y el mío jamón york.
Cuando nos conocimos hace unos años, sinceramente me daba igual su “capital” y su familia, lo único que me importaba es que tuviera su trabajo con su digna nómina y que se pudiera mantener, así como era mi caso, y que pudiéramos ir a una. Que salir de casa a comer, al cine o a hacer cosas no fuera un impedimento económico como me pasa a veces con mis amigas, porque no hay cosa que odie más que no hacer “x” planes por culpa de las malditas excusas de “ay, no tengo dinero” o “este mes no me va bien”. Así que en ese sentido todo OK.
Al principio incluso me sentí atraída por la idea de que él pudiera invitarme de vez en cuando, cuando salíamos a cenar (se que suena clásico y poco feminista, lo reconozco, pero es así como lo sentía y no quiero sentirme menos nada por eso). O que en mi cumpleaños siempre se pueda currar los regalos, aunque en ese sentido no soy nada materialista, ha podido regalarme detallazos (y me reitero que sigo valorando más la parte que no supone un gasto monetario).
Con lo cual hasta ahí todo bien. Y digo hasta ahí, porque a veces las cosas sencillas de la vida son las que más marcan y las que lo hacen todo más “complicado”, por así decir. Más allá de estos detalles sigue habiendo una rutina cotidiana que me está generando una rabia y una frustración de su forma de ser que, sinceramente, a veces no me corto un pelo y le digo lo gilipollas que me parece cuando se trata de eso.
Y dejadme decir que me sabe mal, porque es el amor de mi vida, le quiero por absolutamente todo, pero me siento mal por querer que en este tema empatice un poco y se ponga en mi lugar por lo siguiente que está pasando:
Yo soy, nada más y nada menos, que la señora ofertas y cupones. Al menos cuando se trata de hacer grandes gastos, por ejemplo, si hay que comprar una TV me espero al Black Friday, y si tengo que comprar ropa, me espero a rebajas generalmente. Vale. Él no, ni mira ofertas ni compara absolutamente nada. Compra lo que le viene en gana y si luego no llega a final de mes para comprar cosas de primer necesidad, pues ya se gestionará el problema o que compre la comida la tonta que soy yo que ha estado ahorrando a conciencia.
Para el día a día, si los yogures que me gustan son más baratos en un sitio que en otro, siendo de la misma marca, voy al más barato. Y así con todo. Que ya sabemos todos lo larga que es la lista de la compra y lo que te acabas ahorrando al final si vas vigilando esos euros de más. Pues igual él aún no se ha dado cuenta.
Pero aquí no acaba todo. Porque el otro día encendió en llamas mi frasquito de paciencia. Mi chico, supongo que como cualquiera, lleva la billetera de toda la vida en la que apenas caben monedas. Y a mi en mi monedero me caben una infinidad y no sé cómo, siempre tengo algo suelto, por si acaso, por lo que sea.
La cuestión es que el otro día le dieron demasiado cambio de un billete en el super, y en vez de guardarse las monedas en una cajita en casa -como hago yo y quiero pensar que cualquier ser humano con riego sanguíneo hasta el cerebro-, lo que hizo fue tirarlas a la basura. Así. Como lo lees. A la maldita BA-SU-RA.
Cuando abrí el cubo y vi que junto con las pieles de plátano y las cáscaras de huevo y mierdas varias había monedas, os juro que quise arrancarle la cabeza. Quiero decir , ¿En qué maldito momento se le ocurre a alguien hacer eso así? Aún no doy crédito, sinceramente. Que no llegaba casi ni al euro la cantidad, vale, serían como 80 céntimos. Pero, ¿HOLA? Será que no hay siempre gente pidiendo en la puerta del super como para que tú vayas tirando eso, que además son céntimos que yo siempre miro para ahorrar en los productos cuando voy a la compra.
En fin, que se lo dije y tal cual lo entró por una oreja le salió por otra, porque para él no tiene ni la más mínima importancia. Sé que no le voy a cambiar a estas alturas, pero tan difícil es que baje un poco de su nube y vea que no podemos permitirnos ni tiene sentido ir tirando dinero? Porque cuando no sea una cosa, será otra, y yo no sé cómo gestionar esto.
