Mi pareja viene de una familia con posibles y ha tenido una vida más o menos fácil en lo que a dinero se refiere. Yo por el contrario vengo de una familia humilde y trabajadora a la que todo lo que ha conseguido le ha costado mucho trabajo.
Esto no es ni mejor ni peor, es sólo un hecho. A día de hoy las economías de mi prometido y mías son parecidas en cuanto a sueldo (somos compañeros de trabajo), pero claro, él de cuna trae ya un patrimonio que no es el que traigo yo. Hasta ahí todo bien.
Yo siempre he dado por hecho que separaríamos los bienes, sobre todo porque sus padres lo han dejado caer en más de una ocasión y sus hermanos lo han hecho también. En cambio, mi novio, que siempre ha sido lo más amoroso y generoso del mundo, siempre se había negado. Decía que el proyecto de familia era algo común y que lo mío era suyo y lo suyo mío.
Pero el otro día, me dijo que tenía que hablar conmigo. Resulta que se ha reunido con un abogado, animado por su familia, y éste le recomendó hacer separación de bienes. No sé en qué momento ha cambiado de opinión y sobre todo, en qué momento ha pensado que tenía que compartir esto con un abogado, como poniendo ya el parche de que nuestro futuro matrimonio se puede acabar, antes de empezarlo, y la verdad es que me ha sentado fatal. No por la separación de bienes en sí, que yo la entiendo y la veo lógica desde el principio, sino por el cambio de tercio de mi novio. Por jurar y perjurar con la boca pequeña que nuestro proyecto era común y que lo de ambos era del otro, y a la hora de la verdad, cuando se acerca el momento, recular y llegar a consultarlo con un abogado.
No sé por qué, pero me siento ofendida. Quizás porque lo que lo diferenciaba de otros era eso, su generosidad y su seguridad en nosotros, el ponerme por delante siempre del dinero y el dar la cara por mí delante de su familia. Y ahora me viene con esto, que insisto, no va de patrimonio sino de la confianza en nosotros que antes parecía tener mi chico y que ahora de pronto se ha esfumado.
Me quedan un par de meses para la boda y la verdad es que estoy desilusionada. Y lo peor es que ya no tiene solución, porque la solución ya tampoco pasa por finalmente casarnos en gananciales y olvidarnos de todo. Ya me siento, si o si, en cierta forma juzgada por él, y con este acto me ha enseñado una cara suya que no me ha gustado.
No sé, lo mismo son los nervios de la boda, pero me siento mal. Es como si el señorito tuviese que poner a salvo su patrimonio de la chica humilde que no tiene nada. A la que sus padres le dieron estudios superiores y mucha educación pero no dejaron fincas.
No sé, esto, aunque parezca exagerado, me está haciendo replantearme mi futuro matrimonio. No quiero siempre tener esta sensación que tengo ahora mismo de que su familia quiera hacerme de menos y él lo permita.
