Hace años, cuando vi la película El último baile, me pregunté ¿seré la DUFF de mi grupo de amigos? A lo mejor no sabéis lo que es, dejadme iluminaros, y no, no es la cerveza de los Simpson, NO!, DUFF significa “Designated Ugly Fat Friend” o en español, La amiga designada gorda y fea. No quiero aburriros mucho, así que os hablaré brevemente de mis amigas más cercanas. María, chica de curvas imponentes y pelazo, además de una conversación muy fluida. Nayara, adorable y delgada, muy muy popular. Carolina, alternativa, moderna, con una cara preciosa. Y por último Edurne, la chica en cuya sombra llevo viviendo desde que nos conocimos a los 12 años, guapísima, descarada y arrebatadora. Y luego estoy yo. Demasiado alta, con una nariz de tucán, gafas, muchas rarezas, y, para qué negarlo, unos cuantos kilos de más. Entenderéis por qué me siento la amiga fea.
Pues bien, llevo en eso grupo unos años ya, tres de ellos sabiendo que soy la DUFF, y ¿sabéis qué? Me he cansado. Me gustaría pensar que soy una persona maravillosa, y que no soy menos que nadie ni necesito cambiar. Pero es difícil. Y en estos años quizás mi físico ha cambiado. Y quizás objetivamente he dejado de ser una DUFF, pero el sentimiento sigue ahí, la sensación de que pase lo que pase, cambies lo que cambies, eres la amiga fea. Y por eso hoy, después de una relación tóxica y abusiva de la que tardé dos años en salir por mi baja autoestima, y gracias al apoyo de mis amigas, me he dado cuenta de que no importa ser la chica en la que nadie se ha fijado durante años, porque tengo amigas a las que adoro y que me adoran. Y por eso ahora voy a trabajar en mi, en mi autoestima, en pasarlo bien, en disfrutar, en querer y quererme.