Ay bonitas es que no tenía yo nada claro de a quién contarle la que acabo de liar y antes de que mi madre me desherede y me eche de casa os lo cuento a vosotras que me habéis dado la vida esta cuarentena.
Me he vuelto un poco locatis con la repostería estos días encerrada. Tengo a mi familia hasta las pelotas de bizcochos, cremas, bollos… Porque lo cierto es que además de ser bastante desastre en organización y eso pues de sabor tampoco es que le haya yo cogido el punto a todas las recetas.
Pero lo que empezó siendo así como una broma cada vez que yo me ponía con la harina y los huevos a preparar algo, se fue convirtiendo en una disputa con sobre todo con mi madre. Porque dice que tengo que parar ya de una maldita vez de gastarle ingredientes porque sí. Porque una cosa es hacer un bizcocho de vez en cuando y otra marcarme dos recetas al día y dejarme docenas y docenas de huevos para luego tirar casi todo.

A ver que razón no le falta pero dice mi padre que lo mismo yo canalizo mi ansiedad haciendo bizcochos y hay que tener paciencia conmigo. Pues ni para una ni para la otra. Tablas.
Y entonces llegamos al día de hoy. He estado dos días sin acercarme a la cocina y hoy busqué en internet la receta de un flan y le comenté a mi madre que lo iba a hacer. Puso cara de espanto pero debió de pensar un poco en las palabras de mi padre y solo me pidió que no la liara. Mientras mi padre se echaba la siesta mi madre se fue a hacer la compra de la semana y me quedé sola en la cocina.
Todo iba bien hasta que me puse a hacer el caramelo dichoso. Ha sido una catástrofe con todas las letras. Pero es que además he entrado en bucle y en lugar de parar y conocer mis malditas limitaciones he seguido adelante como los burros, sin mirar. Digamos que he carbonizado el primer caramelo, del nivel de no poder sacar la cuchara de la mezcla y despegarlo es prácticamente imposible. Cogí otra sartén y lo volví a intentar, así con otra más. Tres en total, una de ellas la más nueva y preferida de mi madre que siempre nos la vende como si fuera el teletienda. Todas tienen un mogollón de caramelo requemado ultra duro pegado y no puedo quitarlo con nada.
Lo he intentado hasta con la rasqueta de la vitro y lo único que he conseguido es llevarme por delante un trozo de teflón. He pensado en la cara de mi madre y en la bronca descomunal que me va a caer y en mi pánico he cogido las sartenes y las he escondido en mi armario con la cuchara de palo pegada y todo. Como quien esconde un cadáver, muy dulce pero cadáver.
Mi padre sigue roncando en el salón y mi madre volverá en un rato. Seguramente no se dará cuenta de la cagada hasta que vaya a hacer la cena por la noche. ¡Me va a matar! Es que de esta no me libro ni tirando de humor. Y da igual que confiese porque la bronca va a ser muy bestia. Ni mi padre podrá sacarme de esta.
¡Ayyyy rezad por mi chicas!