Me saqué el carné por obligación casi: no lo quería, pero era mi “regalo” por haber sacado buenas notas en Segundo de Bachillerato. Yo, como siempre he sido una empollona, me lo saqué todo a la primera (eso sí, habiendo dado mil y una clases del práctico).
Ya con el carné en mis manos y 18 añitos recién cumplidos, mis padres me dejaron un Seat Toledo antiguo. Mi madre tenía un Passat y mi padre se pegó un capricho y se compró un BMW de segunda mano. Todo perfecto si no fuera porque el Toledo lo cogí tres veces. Eso era una mole enorme (en la autoescuela tenía un Ibiza), no había forma de aparcarlo. Además, yo era (y soy) un paquete monumental al volante.
Muchos de mis amigos, un par de años mayores, ya tenían coche, así que tampoco me veía en la necesidad de tener que coger el coche para nada.
Esos primeros años de Universidad tampoco necesité el coche para nada: iba y venía en autobús y, si había que coger un coche, siempre había alguien dispuesto a ello. ¿Es una postura muy cómoda? Sí. Pero si hay alguien a quien le gusta o, al menos, no le importa conducir, es un buen trueque. Mis amigos conducían, pero yo siempre hacía otras cosas (pasar apuntes, organizar los viajes, cocinar en las vacaciones en común…).
Y, el último año de carrera llegó él: el amor de mi vida, el príncipe de los cuentos de hadas, el hombre perfecto… Pero sin coche. Y, para mí, eso fue un problema porque no vivíamos en el mismo pueblo. Teníamos dos opciones: pasarnos la vida en transporte público o echarle ganas y coger el Toledo que estaba abandonado en el garaje. Así que cogí el coche y… ¡Eso era un camión! A alguien a quien le gusta conducir le da igual: pero a un paquete como yo todo se le hacía un mundo. Así que, tras un par de semanas, opté por la tercera opción: yo iba a recoger a mi rollete y luego él llevaba el coche.
Y, con el paso del tiempo, el rollete se convirtió en novio. Pero yo seguí sin conducir. Bueno, miento, conduzco lo imprescindible y necesario. Pero si hacemos un viaje largo, él lleva el coche. Si vamos a la compra o salimos por ahí, él conduce. Y sí, yo soy Miss Daisy a la que pasea. Y sí, lo hago voluntariamente, sin ningún tipo de machismo de por medio. Es una cuestión puramente práctica: NO ME GUSTA CONDUCIR.
Pero la gente opina por todo. Y es ahí donde, a veces, me toca meterme en berenjenales y explicar que no es que mi chico quiera coger el coche, es que yo soy la que no quiero tocarlo. Y empiezan a valorar si es una cuestión de macho alfa conduciendo y hembra beta dejándose hacer. Pues eso, que en vez de opinar hay que entender o, simplemente, pasar.
En cada casa hay unas normas y no todas vienen impuestas. Así que, por favor, si alguna vez veis a una mujer que no conduce, no creáis que no la dejan, puede ser que ella lo haya elegido voluntariamente.
