Lo primero que tengo que decir: esto no me ha pasado a mí exactamente. Le ha pasado a una amiga mía. Pero me ha tocado ser la confidente y llevo dos semanas que no puedo ni dormir del marrón. Así que aquí va, con nombres cambiados pero con lo gordo intacto.
La llamaremos Claudia. Claudia está casada con Javier desde hace doce años. Dos hijos, una vida de clase media-alta bastante envidiable y de cara al resto del mundo son esa pareja que se coge de la mano todavía cuando van por la calle.
Claudia y yo nos conocimos hace seis años en el trabajo y somos amigas íntimas de las que saben de qué pie cojea cada una. Ya no trabajamos juntas pero seguimos siendo muy amigas.
La escena ocurre un viernes por la tarde en casa de Claudia. Yo había ido a buscarla para ir a cenar. Ella estaba terminando de arreglarse en el baño y me dijo que cogiera lo que quisiera de la nevera. Estaba yo en la cocina sirviéndome una birra cuando sonó un móvil sobre la encimera. No era el de Claudia, que lo tenía en el baño con ella. Era el de Javier, que estaba en el despacho con cascos en una reunión online.
Sonó una vez, dos. El teléfono estaba con la pantalla hacia arriba y apareció el típico pop-up de mensaje. La foto del contacto era una chica joven, guapa, que yo no conocía. El nombre: «Lucía Gestoría». El mensaje que apareció ENTERO en la pantalla, decía: «pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer el lunes campeón. Y de lo de anoche ya hablaremos cuando nos veamos 😏».
Me quedé mirando la pantalla luego se apagó sola.
Me fui al salón con la birra y me senté. El corazón me iba a mil. Escenario uno: Javier tiene una aventura con una tal Lucía y eso no era un mensaje de gestoría ni de su tía la abuela. Escenario dos: es un mensaje ambiguo pero totalmente inocente y mi cabeza lo está leyendo mal. Escenario tres: es una gestoría real pero Javier tiene algún lío distinto con ella que no llega a infidelidad pero sí a falta de respeto. No sabía cuál de los tres era, y no había forma humana de saberlo sin hablar con Claudia.
Claudia bajó del baño y nos fuimos a cenar. No le dije nada. Durante toda la cena me vio rara, me preguntó dos veces si estaba bien. Le dije que tenía lío en el curro. Mentira como una casa.
Volví a casa a las dos de la mañana y no pegué ojo. Al día siguiente empecé a darle vueltas a las opciones:
Opción A: decírselo tal cual. Riesgo: meter una bomba en la vida de mi amiga por un mensaje que a lo mejor es una broma interna entre colegas. Riesgo bonus: aunque sea verdad, a veces la que trae la noticia se queda sin amiga porque se asocia el dolor con la persona que lo cuenta. Clásico.
Opción B: no decir nada y hacer como que no he visto una mierda. Riesgo: si es verdad, soy cómplice pasiva. Si se entera más adelante y sabe que yo sabía, adiós amistad.
Opción C: intentar sacarle el tema de forma oblicua, a ver qué me cuenta. Riesgo: manipulación. Ponerla en situación de confesarse cuando quizá ella también intuye algo y está en su propio proceso.
Opción D: confrontar a Javier. «Oye, vi un mensaje el otro día, ¿me quieres contar algo o se lo cuento yo a Claudia?». Riesgo: que niegue, que me ponga en evidencia, que me diga que me meto donde no me llaman. Riesgo tocho: que le dé tiempo a borrar pruebas antes de que Claudia se entere.
Llevo dos semanas en la opción B por la patilla. No se me ocurre qué hacer que no sea una cerilla en una gasolinera. He hablado con otra amiga común sin darle todos los datos y me ha dicho «ni se te ocurra decir nada». He hablado con mi hermana y me ha dicho exactamente lo contrario. He hablado con mi pareja y me ha dicho «ni de coña, esa bomba tiene que tocarla otro, tú fuera». Cada consejo me deja peor que antes.
Esta mañana Claudia me ha escrito para quedar a tomar un café mañana. Me ha dicho que quiere contarme algo. Estoy CAGADA.
No sé qué voy a hacer si me pregunta directamente. No sé si voy a mentir. No sé si se me va a escapar. No sé si voy a tirar por la opción «eso habla con Javier».
SOCORRO
