La ansiedad se ha vuelto mi compañera desde hace un tiempo. Creo que siempre ha estado ahí agazapada, disfrazada de otras emociones y sensaciones hasta que hace unos años encontró su momento de dar la cara en todo su esplendor.
Recuerdo una conversación en el portal de mi amiga en nuestra época de instituto en la que reflexionamos sobre la idea de que alguien ajeno a nuestras vidas y totalmente objetivo nos diera su opinión o las herramientas para sobrellevar la adolescencia. Años después he comprendido que lo que describiamos en ese momento era la figura de un psicólogo/a, hacer terapia.
En fin, que durante mucho tiempo con mi ansiedad escondida, que no bajo control, fueron pasando los días y años. Hasta ese día en que se presentó ante mí con sus mejores galas, me cogió de la mano y empezó a llevarme a rastras por la vida como cuando eres pequeña y no te quieres ir del parque. Y desde entonces no me quiere soltar. No soporto el dormir sin la tele o la radio de fondo porque sino vienen momentos, conversaciones, situaciones desastrosas de mi vida una y otra vez, pensamientos en bucle que no controlo.
Pero ahora sí estoy yendo a terapia, si tengo esa persona objetiva que me da las herramientas para aprender a convivir con ella, convivir, ir de la mano pero que no me arrastre. Entenderla y entenderme.