Nunca nos hemos llevado bien. Desde que mi cuñada apareció en mi vida, había algo raro entre nosotras, como si cada cosa que yo hiciera ella sintiera la necesidad de superarla. Comentarios pasivo-agresivos, miradas falsas… ese tipo de cosas que te hacen sentir
incómoda sin saber por qué. Yo aprendí a responder sin pelearme, pero sin callarme del todo.
Cuando anunciamos la boda, pensé que al menos ese día habría tregua. Ja… Qué ingenua fui.
Desde los preparativos ya sentí tensión. Cada decisión que tomábamos parecía despertar un comentario suyo: “¿Ese lugar? Muy sencillo.” “¿El menú? Un poco básico.” Y cuando vio fotos de mi vestido… bueno, ni se cortó “¿Eso es lo que vas a llevar? Bueno… mientras tú estés feliz.”
Ese “mientras tú estés feliz” me persiguió semanas. Y yo solo quería que llegara el día para olvidarme de todo.
Llegó el día. Yo nerviosa, emocionada, con esa mezcla de sentiemientos que siempre traen las bodas. Mi vestido no era de revista, pero me había enamorado de él en el momento que me lo puse.
Pero apareció ella. Recuerdo la escena perfecta: estábamos en la entrada, saludando a los invitados, cuando de repente todo el mundo empezó a girarse hacia ella. Las expresiones de algunos invitados eran de horror. Otros parecía que no podían identificar quien era la novia.
Vestido blanco. Blanco total. Yo no sabía si reir o llorar… No beige, ni clarito… blanco de novia, largo, con detalles… el mío sentí que parecía un disfraz de comunión en comparación. Por un momento pensé que estaba en un mal sueño. No puede ser, no me lo podía creer.
Mi mejor amiga a mi lado solo apretó los labios.
—Sabía que haría algo pero no pensé que sería capaz de esto.
Ella caminó hacia nosotros como si nada, sonriendo y repartiendo besos. —¡Tíiiiiiia, estás guapísima!
Me miré a mí misma y luego a ella, incapaz de disimular mi cara de incredulidad. —¿En serio viniste de blanco a mi boda?
—Es un vestido elegante, no pasa nada. – Respondió con la sonrisa más falsa que pudo salirle.
Intenté respirar y no explotar. La ceremonia siguió, pero yo apenas escuchaba las palabras. Cada invitado que miraba su vestido me recordaba que yo estaba siendo una actriz secundaría en mi supuesto día.
Durante el cóctel, mi madre me guiñó un ojo y dijo:
—¿Esa es tu cuñada?
Asentí.
—Vale.
No había entendido aquel vale hasta que la vi acercarse con una copa llena de vino tinto hasta arriba hacia ella, que estaba junto un corrillo de personas haciendose selfies como si fuese la novia.
—Uy, perdona.
La copa voló y poco a poco un rojo intenso imposible de disimular se formó sobre el vestido. No había por donde cogerlo.
Silencio absoluto. Mi cuñada quedó paralizada, los ojos como platos.
—¡¡¡Pero qué has hecho!!!
Mi madre levantó las cejas y muy tranquila le dijo:
—Ay hija… es que el blanco en una boda da mala suerte… ya sabes.
No pude contenerme. Me giré, me tapé la boca y me reí. Mi mejor amiga aplaudió. Por primera vez ese día, sentí que la boda era realmente mía.
