Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Me encantaría poder decir que mi relación con la hermana de mi novio es maravillosa, que somos amigas a muerte y que el topicazo de cuñada rancia y lengua viperina es algo que no va con ella. Pero lo cierto es que nos profesamos una tirria evidente desde que nos conocimos. Eso sí, con el tiempo hemos conseguido llegar a un equilibrio y disimular la mar de bien esa antipatía mutua que sentimos, por el bien de mi pareja y de nuestra salud mental.
Como en todas las relaciones, al principio me mataba por caerle bien a aquella chica divina que, a pesar de mis intentos, siempre me miraba y me trataba como a una extraña. He de decir que soy una persona bastante tímida y que, ya de por sí, las relaciones sociales no son mi punto fuerte. Me cuesta dios y ayuda desinhibirme y mostrar mi verdadera forma de ser, porque en el fondo, cuando agarro confianza, soy la tía más pava y dicharachera del mundo. Y con mi familia política, no fue diferente. Sin embargo, mis suegros me acogieron estupendamente y gracias a esa amabilidad, me sentí súper cómoda y me abrí con ellos sin problema. Pero mi cuñada…Mi cuñada es para darle de comer aparte.
Puede que, erróneamente, interpretase mi timidez como una actitud un tanto huraña hacia ella. Al menos eso fue lo que quise pensar los primeros meses, pero es que en su presencia no podía evitar sentirme cohibida y me retraía mucho más de lo normal. Y todo sea dicho, sus aires de «aquí estoy yo porque he llegao y manda mi toto moreno'» tampoco ayudaban. Soy plenamente consciente de que no soy una croqueta y de que no puedo gustarle a todo el mundo, porque además de imposible es absolutamente innecesario en esta vida, pero qué menos que mostrar cierta cortesía en el trato, ¡que casi somos familia! Además, a mí en este mundo me caen bien tres personas contadas y no voy por ahí haciendo desprecios al resto.
Y no, no eran cosas mías, no me soporta y ya me lo hizo saber en innumerables ocasiones. Cada vez que llegaba a casa de la familia ella podía estar la mar de contenta y sonriente, que era verme aparecer y se largaba a un rincón con cara de seta a mirar el móvil, como si estuviera castigada. Yo trataba de sacarle conversación pero ella me contestaba con monosílabos o directamente me ignoraba sin levantar la vista de la pantalla, el silencio era ensordecedor. Por no hablar de la vez que me hizo llorar porque preparó un picoteo de cumpleaños y yo, que soy alérgica al marisco, le dije súper apurada que no podía comer ciertas cosas. Ella cogió una de las bandejas con muy mala leche, la tiró entera a la basura y se largó de allí hecha una furia, no sin antes decir en voz lo suficientemente alta como para que yo pudiera oírlo: «siempre tocando los cojones».
Después de aquello, la cosa no mejoró. Y es que decidí que no volvería a poner de mi parte nunca jamás para que nuestra relación llegara a buen puerto. Porque puedo ser tonta, pero no gilipollas. Su familia, incluido mi chico, hablaron con ella y supongo que algo de efecto debió surtir, porque de vez en cuando, se podía mantener una conversación con ella e incluso me atrevería a decir que era simpática conmigo. Nada del otro mundo, no vayáis a pensar. No obstante, he de reconocer que a partir de entonces sí noté un cierto cambio en ella. Por eso, cuando mi chico y yo nos compramos una casa al poco tiempo, pensé que se alegraría si no por mí, por su propio hermano. Tanto mi familia como la de mi pareja, vinieron a verla en cuanto nos dieron las llaves. Todo el mundo, menos su hermana, por supuesto.
Yo no le dije nada a mi chico del tema y él tampoco lo mencionó, pero a pesar de que la tía me gustase menos que un dolor de muelas, comprendía que era su hermana y que debía afectarle tanta indiferencia. os años fueron pasando y, durante todo ese tiempo, hicimos una pedazo de obra y dejamos la casa preciosa, hemos celebrado cumpleaños y navidades y, por desgracia, tuvieron que operarme un par de veces. Ninguno de estos motivos parecieron ser suficientes para que mi cuñada se dignara a visitarnos. Ella se justifica con que tiene muchísimo trabajo, pero me resulta curioso cómo se es capaz de sacar fines de semana para viajar pero nunca tiene tiempo de venir a ver a su hermano y conocer su casa.
No me malinterpretéis, yo estoy encantada de que no pise por aquí. Me ahorro malas caras, falsedades mutuas y tener que ponernos a limpiar como si fueran a pasar inspección. Sin embargo, sé que a mi chico sí le haría ilusión y, en cierto modo, me duele por él. No se merece que le traten con desprecio, poniendo excusas que no se cree nadie. No sé si mi vendrá alguna vez a casa, pero quiero tanto a mi pareja que por él, soy capaz de pedirle a los Reyes Magos un poquito de vergüenza y amor para su hermana. Igual así, podríamos matar dos pájaros de un tiro.
