Qué mala es la sequía. Qué peligro conlleva la castidad forzada. Qué mal se pasa cuando llevas una temporada larga sin comerte un colín y tu cuerpo joven y lozano pide una marcha que tú no puedes ofrecerle. Las ganas de follar no desaparecen, sino que se acumulan tanto que puede llegar un momento en el que, inconscientemente, te hagan tomar una decisión de la que más tarde te arrepientas, solo por satisfacer la llamada de la Naturaleza.
Eso me pasó el otro día. Con el trabajo y la tesis, llevaba bastante tiempo de vida casi monacal. Mi amiga y compañera de piso decidió que tenía que ponerle solución a mi situación porque empezaba a no soportarme. Allá que nos vamos: cena de tapeo, unas copas y después a la discoteca. No sé si es que era fiesta universitaria o una convención de tunas, porque había muchísimas por las calles y en el pub al que entramos.
A mí las tunas me dan un poco de grima; me parece una tradición rancia y las pintas son entre ridículas y antieróticas. Intentábamos esquivarlos, pero no había manera. Un grupito se sentó cerca y uno, queriendo presumir de fucking boy, nos contó que cada cinta cosida en la capa representa una conquista. Nos cantaron «Cielito lindo» y pasamos un poquito de vergüenza.
Cuando ya íbamos como las Grecas, nos fuimos a la discoteca y ¿a quién nos encontramos? Al grupito de la serenata. Tanto insistió el de las cintas, tanto alcohol llevaba yo encima y como la necesidad es muy japuta, dije: «Pues este me sirve».
Me llevó a un piso de estudiantes tirando a cutre. Desvestirlo fue una odisea entre calzas, medias, jubón y mierdas varias de ropa del año de la catapún. Debajo de esa montaña de tela, y después de tantos saltitos con la pandereta (sí, porque me tiré al de la pandereta), el sobaquillo le olía un poco a choto. En un momento, la pandereta se cayó al suelo y el ruido me asustó. A él le pareció buena idea ofrecerse a darme una «exhibición de pandereta», ofrecimiento que rechacé lo más amablemente que pude.
Cuando el escarceo acabó, él me aseguró que seguro me lo había pasado bien porque «ninguna se le había quejado antes». Se quedó sobado y yo, que ya empezaba a dejar de estar tan piripi, recogí mis cosas e inicié el paseo de la vergüenza de vuelta a mi casa. Madre mía, más bajo no he podido caer.
