«La amistad entre hombres y mujeres es imposible». He perdido la cuenta de las veces que he podido llegar a escuchar esa frase a lo largo de mi vida, pero déjame decirte que, si tú eres de las que opina que la relación con el sexo opuesto sin fines impúdicos no existe, estás muy equivocada.
Joaquín y yo nos conocimos de la forma más típica que podía existir en el mundo mucho antes de que toda esta ola de apps de citas llegara a nuestras vidas para quedarse: una noche de discoteca. Estábamos celebrando el cumpleaños de una amiga cuando apareció un chico súper guapo y sin más, se me presentó. Estuvimos hablando y tonteando descaradamente hasta que se nos hizo de día y me propuso ir a su casa a tomar algo y tal t como os estáis imaginando, sí, nos terminamos acostando.
Si bien es cierto que al principio el sexo fue la base de nuestra relación, poco a poco fui descubriendo cosas en Joaquín y en su forma de ser que terminaron por enamorarme.
Aquel chico descarado y echado para adelante también era, probablemente, la mejor persona que había conocido en toda mi vida. Para mi sorpresa, lo que yo pensaba que sería un simple rollo de una noche terminó por convertirse en una relación seria con el paso del tiempo. Sin embargo, cuando llevábamos unos diez meses juntos, le ofrecieron un puesto de trabajo con unas condiciones buenísimas en otra ciudad. Yo misma le animé a que lo aceptara, a pesar de que sabía que las relaciones a distancia son bastante complicadas. Por desgracia, la nuestra no soportó los kilómetros que nos separaban y terminamos rompiendo.
Fue una ruptura bastante madura, consensuada y amistosa. No cabía duda de que nos queríamos mucho, pero lo cierto es que no pudimos o no supimos mantener lo nuestro a flote. Aún así, después de sufrir el inevitable y lacerante período de duelo post ruptura y aunque nos llevó su tiempo, continuamos siendo amigos. Y no me refiero a charlar de vez en cuando o felicitarse las navidades y los cumpleaños, sino a seguir viéndonos cada cierto tiempo, a apoyarnos cuando el otro tenía algún problema, a escucharnos, a hacer planes juntos y a alegrarnos sinceramente cuando alguno de los dos conocía a otra persona.
Un día, Joaquín me dijo que volvía a la ciudad para quedarse, que había empezado a salir con una chica maravillosa y que quería que yo la conociera. Yo me presenté allí con toda mi buena fe, realmente contenta por el hecho de que mi ex y buen amigo se hubiera ilusionado de aquella forma por alguien. Lo que no sabía es que aquella chica tan estupenda hubiera preferido sentarse desnuda sobre un montón de brasas candentes antes que relacionarse conmigo. Pude notar la tirantez y la simpatía forzada por su parte desde el primer minuto, así que para rebajar un poco la tensión me pasé toda la tarde hablando de mi chico, intentado demostrarle que entre su novio y yo no había nada sexual en absoluto.
Yo siempre había estado tremendamente orgullosa de haber llegado a ese nivel de madurez como para haber sido capaz de dejar a un lado nuestro pasado y haber conseguido mantener una amistad como aquella. Sin embargo, aunque Joaquín no lo quisiera reconocer, a su chica no le gustaba un pelo que su novio y su ex fueran tan amigos y estuvieran presentes el uno en la vida del otro teniendo un pasado como pareja. No hizo ninguna falta que confirmara mis sospechas, porque después de aquella tarde empecé a saber cada vez menos de él y aunque seguíamos hablando, sentí cómo nuestra amistad se fue enfriando poco a poco.
Cuando me llamó para decirme que se casaba me pilló por sorpresa. Me alegré muchísimo porque sabía que estaba perdidamente enamorado de ella y que era muy feliz, pero siendo amigos tan cercanos como se supone que éramos no me había contado que estuvieran siquiera barajando la posibilidad de casarse. Con todo, le di mi más sincera enhorabuena y él me dijo que ya quedaríamos para comer y darme la invitación. Pero
aquella comida nunca tuvo lugar. Semanas más tarde, después de notarle un poco raro conmigo, me dijo que no sabía cómo decírmelo, pero que su chica y futura esposa no quería que yo fuera a la ceremonia.
Por lo visto, habían discutido bastante por este tema. Aunque en un principio ambos habían llegado a la conclusión de que yo debía estar presente en la boda, de un día para otro, ella se negó. Él quería que yo, una de sus mejores amigas, estuviera presente en un día tan importante como aquel, pero ella no daba su brazo a torcer y le amenazó con cancelar la boda si se le ocurría darme aquella invitación. Lo cierto es que tenía sentimientos encontrados, ya que por una parte quería ir a esa boda y celebrar algo tan especial con uno de mis mejores colegas, pero por otro lado, mi parte sensata me decía que si mi presencia allí iba a desencadenar una ruptura, era mejor quedarse en casa.
Sabía que ella estaba muerta de celos (sin motivo, por otra parte) y que prohibir a su pareja que una amiga fuera a su boda estaba fatal, pero no quería que Joaquín perdiera a quien le hacía tan feliz por mi culpa.
Me tragué mi orgullo y con todo el dolor de mi corazón le dije que no iba pero que no se preocupase, que se casara y disfrutara de uno de los días más dichosos de su vida. No sé si hice lo correcto dándole el gusto a su mujer pero es que no me salió otra cosa… :(
