Describir la relación que mantengo con la familia de mi chico es un poco complicado, pero haré un esfuerzo para poneros en situación. ¿Sabéis esa clase de personas con las que tenéis una conexión maravillosa, que sin mediar palabra y tan sólo con miraros a los ojos sois capaces de comprenderos? ¿Esa clase de personas con las que hacéis match al instante y os sentís tan cómodas y en paz que os podríais pasar horas juntos? Pues todo lo contrario. Lo único que tenemos en común es a mi chico, y aunque eso debería ser suficiente, yo ya me he cansado de intentar crear un vínculo medianamente aceptable y sólido con personas que parecen ancladas en el medievo y que tampoco hacen nada por conocerme a mí.
Cuando mi chico empezó a hablarme sobre sus padres y su familia en general, yo ya era consciente de las pocas cosas que íbamos a tener en común, pero en ningún momento pensé que pudiera llegar a ser una tarea tan complicada congeniar con ellos. No teníamos los mismos gustos ni las mismas ideas, más bien todo lo contrario, pero creía que, como adultos que éramos, podríamos mantener una buena relación basada en algo tan simple como el respeto. Lo que no me esperaba es que siempre terminaría siendo una servidora quien tuviera que callar y amoldarse a sus opiniones mientras ellos criticaban abiertamente las mías.
Para que os hagáis una idea del nivel de cuñadismo al que me enfrenté, os diré que son de la creencia de que «si no fuera por el hombre, el toro ya se habría extinguido». Sí, amigas, defienden la tauromaquia como «algo que ha estado siempre ahí y que da de comer a muchas familias» alegando además que, si no nos gustan los toros es tan fácil como no ir a ver una corrida. Por eso no me sorprendió cuando mi suegro me dijo que los animalistas estábamos mal de la cabeza, que no se podía humanizar a los animales; él tenía un par de perros que utilizaba para cazar a los que veía, y cito textualmente, como simples instrumentos de trabajo. Por supuesto, tienen totalmente naturalizado que sea mi suegra quien después de pasarse el día trabajando fuera, cocine y limpie mientras ellos se sientan a la mesa sin mover un dedo amenizando la velada con chistecitos homófobos y transfobos a costa de un conocido del barrio abiertamente homosexual.
Ver la televisión con ellos es digno de estudio. Mira esa que gorda, mira esa que fea, mira esa que golfa. Como no podía ser de otra forma, están en contra del feminismo, al que acusan de ser en realidad una forma encubierta de castrar a los hombres a los que odiamos tremendamente. Y es que, según mi suegra, ¿qué tiene de malo que unos obreros o cualquier hombre nos lancen piropos o nos digan cosas por la calle? ¡Si eso es algo bonito! ¡Somos unas exageradas! Al principio, podían más mis ganas por ser aceptada y me mordía la lengua ante tales comentarios casposos y pensamientos propios del siglo XV, pero todos tenemos un límite. Y el mío llegó un día cuando, viendo las noticias, hablaron sobre una chica que había decidido denunciar a un hombre por agresión sexual años después, animada por otras víctimas que ya habían denunciado con anterioridad. Sinceramente, no pensaba que un tema tan delicado también fuera objeto de burla y escepticismo por parte de los padres de mi novio, pero así fue.
No daba crédito a que unas frases tan manidas y tan machistas salieran de sus bocas. Que todas buscan fama, que por qué no denunció antes, que a ese chico no le hacía falta hacer esas cosas porque era un tío atractivo, que si están despechadas, que si no me lo creo… Cuando mi chico escuchó aquello, les mandó callar súper enfadado, recriminándoles esas palabras tan feas hacia alguien que lo había pasado tan mal. Y es que lo que mis suegros no sabían es que yo había sido víctima de violencia de género física, psicológica y sexual de la mano de mi anterior pareja. Obviamente, no pude ni quise contenerme. Les pregunté si yo les parecía una puta, ellos se sorprendieron y me dijeron que por supuesto que no. Les conté que mi ex también era un chico increíblemente guapo que había abusado de mí varias veces y que yo tampoco denuncié en su momento por miedo y por vergüenza, que no pude hacerlo hasta que me sentí lista para ello y que, eran precisamente comentarios como los suyos, los que hicieron que no me atreviese a poner una denuncia mucho antes. No sabían dónde meterse, se disculparon diciendo que no sabían nada, a lo que yo les contesté que no debería hacer falta que abusaran de alguien cercano a ellos para cerrar la bocaza.
Después de aquello me sentí muy vulnerable y muy expuesta, me arrepentí de haberles contado aquel episodio tan doloroso de mi vida. Sin embargo, desde entonces me siento mucho más capaz de alzar la voz cuando no estoy de acuerdo con sus opiniones, he aprendido a no callarme. Eso sí, desde aquel día, las diferencias de opinión y los debates de sobremesa se hacen de una forma mucho más civilizada y adulta.
