Por si te sirve, como exmodelo infantil y adolescente, te cuento mi experiencia.
A mí me apuntaron a una agencia desde pequeña. Empecé haciendo catálogos (del único que me acuerdo es de la marca Chico’s) y anuncios para otros países. Era y soy muy alta, ahora mido 1,80 m, muy blanca, muy rubia y de ojos verde-azulados. Muchos países como Alemania rodaban aquí porque les salía más barato y buscaban figurantes que parecieran de allí. Eso era a finales de los 80 y principios de los 90.
Cuando tenía unos 10 años (a mediados de los 90), empezaron a llamarme para pasarelas. Cada vez que tenía que desfilar nos mandaban una rutina de poca agua para que no me hinchase… ¡con 10 años! Ahí empecé a ver cosas que no me gustaban con las chicas mayores: si estaban hinchadas por la regla, no podían desfilar. Era el 95/96, cuando las modelos estaban todas esqueléticas (en clase me llamaban «huesitos», así que encajaba), pero pude ver el maltrato atroz que había.
Además, como tenía un aspecto muy andrógino, me cortaron el pelo a lo garçon. En el momento de la peluquería todo muy bien, pero luego en casa, con mi supermata de pelo, parecía un champiñón. Lo odiaba.
Después de hacer dos o tres pasarelas, pedí a mis padres que me dejaran parar, porque no me gustaba nada la hostilidad que veía. Porque, no sé ahora, pero en esa época NO ERA NADA DIVERTIDO. Me empezaba a afectar verme en el espejo.
Creo que estuve dos o tres años sin hacer nada hasta que, al crecerme el pelo en la adolescencia, volví para hacer de modelo en catálogos de peluquería. Eso estaba bien. Hasta que empecé a trabajar como azafata a los 15 años, primero repartiendo muestras en supermercados, y después en el Salón del Tuning, que duraba un fin de semana en mi ciudad.
Imaginaos: una niña de 15 años que mide casi 1,80 m, con tacones de 5 cm (y un 42 de pie, ni idea de dónde sacaron esos zapatos), vestida con unas botas de vinilo hasta el muslo, una falda-cinturón de vinilo rojo «pendón» y un top/sujetador con la marca de un coche (del que ni me acuerdo). Yo, que estaba tan delgada que se me notaban las costillas y era plana como una tabla (por delante, por detrás y por los lados), no me sentaba nada bien aquel modelito.
Encima, teniendo que soportar que treintañeros me tiraran la caña («¿Vas de premio con el coche?», «Dame tu número», «¿Tienes novio?») y me tocaran el culo mil veces. Esa noche volví a casa humillada, llorando. No me he sentido más cosificada en mi vida.
Tuve que volver ese domingo, pero mi padre consiguió que me dieran una camiseta de propaganda para que no los denunciásemos por exposición infantil. Por suerte, también logró convencer a mi madre de que no me «obligara» a seguir trabajando para esa agencia (mi madre mientras me decía que qué suerte, que cualquier chica estaría encantada de ser tan guapa y trabajar de modelo…).
Por suerte, empecé a trabajar de cajera en los veranos mientras estaba en el instituto y la universidad, y más adelante, durante el doctorado, hice un par de catálogos de peluquería (un día, comiendo en un restaurante, se me acercó un chico que trabajaba para Pagés porque le llamó la atención mi cara, y ahí aprendí que mi rostro de facciones muy marcadas «sirve»). Hice algunos trabajos esporádicos mientras terminaba la tesis.
Mi consejo: si tienes que hacerlo, los anuncios y la fotografía para catálogos de peluquería no me resultaron tan traumáticos, ya que al no estar tan centrados en el cuerpo y en cómo queda la ropa, en mi opinión no cosifican tanto.
Si no tienes por qué hacerlo (por ejemplo, si no necesitas el dinero), yo, si fuera madre, no lo haría. Aún hoy, 30 años después, tengo la autoestima por los suelos por culpa de ese mundillo.