Me lo dijo un domingo por la tarde en el coche de vuelta de no sé dónde, de esas conversaciones que pasan cuando los dos estáis mirando hacia delante y no hace falta mirarse a los ojos para decir las cosas difíciles. Lo dijo sin preámbulo, directo, y luego se quedó callado esperando. Le dije que gracias por contármelo y que le quería y que eso no cambiaba nada y era verdad, no cambiaba nada, le quería igual antes y después y en los tres meses que han pasado desde entonces.
Me pidió que no se lo dijera a su padre todavía, que necesitaba tiempo para encontrar el momento él solo. Lo entendí y le dije que sí y que cuando quisiera y que no había prisa. Lo dije convencida y lo sigo estando, es su historia y es su momento y no es mi lugar quitárselo.
Pero llevo tres meses cenando cada noche con mi marido sabiendo algo que él no sabe. Tres meses respondiendo con evasivas cuando mi marido hace algún comentario sobre chicas o sobre el futuro de mi hijo de esos comentarios que hace sin mala intención pero que a mí me pesan porque sé lo que sé.
Lo que más me cuesta no es el secreto en sí, es que mi hijo está bien, está tranquilo, parece que haberlo dicho en voz alta le ha quitado un peso de encima y yo me alegro enormemente de eso. Pero ese peso que él ha soltado ha aterrizado en parte en mí y lo llevo sola y no puedo hablarlo con nadie porque prometí que no lo haría y una promesa es una promesa.
No sé cuánto tiempo más puedo sostener esto sin que se note que estoy sosteniéndolo.
