Hace dos años cuando dije que iba a montar un negocio vendiendo ropa por TikTok las reacciones fueron exactamente las que os podéis imaginar. Mi marido me apoyó aunque creo que en el fondo pensaba que iba a durar tres meses. Mis amigas directamente no se molestaron en disimular, que si era una pérdida de tiempo, que si eso no era un trabajo, que si con lo lista que era para qué iba a ponerme a vender ropita por internet como si fuera una adolescente.
Ropita por internet como si fuera una adolescente. Eso me dijeron.
El mes pasado cerré el mejor mes desde que empecé. Más que mi marido que es programador con contrato fijo y cinco años de experiencia. No se lo cuento a casi nadie porque no hace falta contarlo pero yo lo sé y eso me vale.
Lo que no me esperaba fue la llamada de una de las que más se rió. Me dijo que había estado pensando en el tema, que veía que me iba bien, que si había pensado en escalar el negocio porque ella estaría dispuesta a meter dinero y ser socia. Con esa naturalidad de quien no recuerda haber dicho nada de lo que dijo hace dos años o que lo recuerda perfectamente y confía en que yo no lo recuerde.
Desde entonces me han llamado dos más con distintas versiones del mismo mensaje.No sé qué me genera más cosa si la desfachatez de pedirlo o el hecho de que en ninguna de las tres llamadas ha habido ni un «oye pues tenías razón» ni nada que se le parezca.
Me iría bien la pasta para crecer pero me jode que ahora que ven el negocio me traten de alguien digno y hace dos años de imbécil.
