Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Desde que empecé a trabajar en mi empresa, siempre había tenido un objetivo claro: ascender.
Entré en el más bajo de los puestos, pero yo apuntaba al cargo directivo. Había estudiado para ello y era mi sueño. Me esforcé mucho para destacar y vivía cada logro como un paso más cerca de la meta.
Había superado objetivos, liderado proyectos importantes y ganado el respeto de mis compañeros y compañeras. Después de varios años de trabajo duro, finalmente sentí que mi esfuerzo estaba dando sus frutos. Así que, cuando mi jefe me llamó a su oficina un viernes por la tarde, sentí una mezcla de emoción y nervios.
Mi jefe era un hombre estricto, pero justo. Había trabajado en la empresa durante más de veinte años y su palabra tenía peso. Imaginaos mi alegría cuando me dijo que había estado observando mi progreso y que estaba considerando ofrecerme un ascenso.
Tuve que evitar mis ganas de gritar y abrazarle, de verdad que había dedicado mucho tiempo y empeño a ese ascenso y por fin, estaba siendo reconocida.
La conversación empezó muy bien. Me habló de cómo había notado mi compromiso y mi capacidad para liderar equipos. Mencionó que el puesto de gerente del departamento estaba vacante y que, después de considerar a varios candidatos, mi nombre estaba en lo más alto de la lista. Pero entonces, la conversación tomó un giro inesperado.
Mi jefe se quedó en silencio momento, su mirada se volvió más seria y su tono de voz cambió. «Pero hay algo más que quiero discutir contigo». Ahí ya supe que algo iba muy mal.
Me quedé en silencio, esperando a que me aclarase esas palabras. Se levantó de su silla, se puso a mirar hacia la sala donde estaban todos nuestros compañeros, y me dijo que no confiaba en ninguno de ellos.
Me habló de un cargo intermedio en el que confió y que, a la hora de la verdad, le traicionó e intentó quedarse su puesto. También de un trabajador que había intentado que le despidieran divulgando rumores que no eran verdad, y de un par de riñas más sin mucha importancia.
Me dijo que esta vez, quería asegurarse de que yo no iba a hacerle la cama, y que, para garantizar esa confianza, quería ofrecerme un “incentivo”.
Sacó unos papeles y un cheque. El cheque era al portador, y era de MUCHO dinero. En los papeles ponía que la cantidad del cheque, había ido destinado a material y mobiliario.
Le dije que no entendía nada. Él me miraba fijamente, analizando lo que hacía. Me explicó que ese dinero, era mi incentivo, pero que no lo podían declarar así. Que lo derivaría como gastos de la empresa y así no quedaría rastro, excepto para nosotros dos.
Él se quería asegurar de que yo era de confianza y que confiaba en él, y su manera, era que yo aceptase ese dinero, firmase los documentos y así los dos estaríamos “comprometidos”. Los dos habríamos hecho algo ilegal y los dos podríamos acusar al otro, por tanto, así le demostraría que podía confiar en mi y yo en él. Me hacía cómplice.
Se me pasaron muchos pensamientos por la cabeza, muy rápido. Primero pensé que era una trampa, que era una prueba de bondad. Luego pensé que ni de coña, que me lo decía totalmente en serio y si no lo aceptaba, seguramente me haría la vida imposible, pero tampoco quería verme implicada en aquello.
Vi como se impacientaba y empecé a sudar.
Mi cuerpo me pedía huir de esa situación, así que le hice caso.
Le dije que rechazaba el ascenso, que no me sentía cómoda aceptando algo así, pese a que entendía la intención. Le di la mano lo más firme que pude, le di las gracias y salí de allí volando.
El lunes, todo fue como si no hubiera pasado nada. El trabajo siguió su rutina, él pasó a vernos a los demás y no me nombró el asunto ni me comentó nada.
Una parte de mí, estaba desando que viniera a decirme que había superado “la prueba”, pero no pasó. Al parecer iba totalmente en serio.
Me pasé las primeras semanas algo tensa, pero después todo se fue relajando y mi trabajo siguió con normalidad.
Yo me quedé bastante desanimada, vi que en esa empresa jamás iba a poder cumplir mis objetivos y empecé a buscar trabajo en otro lugar. Medio año después, pedí una excedencia y me cambié de empresa.
Han pasado varios años de aquello y cada vez que lo pienso, estoy convencida de que hice lo correcto. ¿Vosotras qué pensáis?
