Lo nuestro nunca fue sencillo, pero no porque faltara amor o intención. Fue complicado desde el principio porque éramos distintos en cosas que, con el tiempo, pesan más de lo que uno quiere admitir. Distintas culturas, distintas formas de afrontar la vida, distintas maneras de reaccionar cuando algo incomoda.
Yo soy conflictivo. No en el sentido de buscar pelea, sino de no saber —ni querer— mirar hacia otro lado cuando algo no funciona. Si hay un problema, lo pongo encima de la mesa. Lo hablo. Lo peleo. A veces demasiado. Connor odiaba eso. El conflicto le paraliza. Prefiere el silencio, el tiempo, que las cosas se diluyan solas. Y ahí empezaron muchas fricciones: yo empujando, él retirándose.
También veníamos de sitios muy distintos. Yo he tenido que luchar por todo. Nada me vino dado. Cada paso ha sido esfuerzo, decisiones difíciles, asumir riesgos. Él, en cambio, creció en un entorno donde las cosas fluían, donde había red, seguridad, caminos más marcados. No es culpa suya, pero nos colocaba en lugares opuestos cuando tocaba aguantar presión. Para mí, resistir es normal. Para él, era una señal de que algo iba mal.
Y luego está el cuerpo, algo que parece superficial hasta que no lo es. Connor es profundamente inseguro con su físico. Yo no. Yo me siento cómodo en el mío, incluso orgulloso a veces. Eso también creó una distancia rara: yo avanzando sin demasiadas dudas, él mirándose constantemente desde fuera, comparándose, cuestionándose. A veces sentía que mi seguridad le molestaba, como si le recordara algo que él no podía sentir.
Aun así, trabajamos la relación. Mucho. No fue improvisada ni ligera. Nos casamos oficialmente. Enviamos las invitaciones de la boda. Todo estaba encaminado. Y por eso lo que pasó después no encaja en ningún relato limpio.
Se fue dejando una nota.
No una conversación larga, no un intento final de entendernos, no una discusión. Una nota. Y ahí se rompió algo que todavía no sé muy bien cómo nombrar.
Desde ese momento, no ha tenido la decencia, valor o como lo querais llamar de si quiera quedar conmigo cara a cara.
Ahora no sé en qué punto estoy. Hay días que lo entiendo. Entiendo que para alguien que odia el conflicto, que vive la inseguridad como ruido constante, que no ha tenido que pelear tanto, todo esto debió sentirse demasiado. Y hay otros días en los que le odio. Por irse así. Por no quedarse a aguantar. Por dejarme con preguntas en lugar de respuestas.
No estoy en paz con la historia. No he llegado a una conclusión clara. Solo sé que éramos distintos en cosas que no siempre se pueden negociar. Y que yo puedo convivir con el conflicto, pero no con el silencio.
Quizá algún día lo entienda del todo. O quizá no. De momento, estoy justo ahí: entre comprenderlo y no perdonarlo.
