Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
buenas foro, voy a ello. Hace un tiempo mi mejor amiga estaba cansada de tipos que conocía de fiesta y que parecía que iban a ser el hombre de su vida, pero nunca lo eran.
Tenía claro que quería una relación estable, casarse y tener hijos. Los años empezaban a pasar e iba viendo a sus amigas conseguirlo, y empezó a agobiarse con la situación.
Así que decidió registrarse en una aplicación de citas de las que prometen amor eterno. Después de unos intentos fallidos, conoció a un hombre realmente perfecto para ella. Conectaron, compartían valores, planteamientos de vida y se atraían muchísimo.
Me lo presentó y bastó con ver el brillo de su mirada para saber que tenían futuro.
Al poco tiempo anunciaron la boda. Los dos muy ilusionados. Y ahí estaba yo, la flamante dama de honor, feliz de compartir un día tan especial.
Pero el problema empezó cuando, ya antes de entrar en la iglesia, los familiares y amigos empezaron a darme las gracias. Todo el mundo parecía saber quién era yo. Por parte de la novia era normal pero también por parte del novio y de hasta familiares e invitados por compromiso.
Pasé así toda la boda, con gente acercándose a mí diciéndome que gracias a mí se habían conocido los novios y que estaba claro que iban a ser muy felices.
No sabía qué decir, así que sonreía a todo el mundo con cara de ilusión. Hasta que escuché que alguien decía que se conocieron en una fiesta a la que yo llevé a mi amiga y él era amigo de un amigo mío. Entonces, entendí todo.
Lo que no entendí es por qué mi amiga no me lo había contado. Tenemos muchísima confianza (o eso pensaba yo) y habría sido todo más fácil.
Ahora está de luna de miel y no sé si decirle algo o no cuando vuelva. Enfadada no estoy y se lo diría a buenas, en plan «me tenías que haber avisado, ¡no metí la pata por los pelos!». Pero tampoco quiero que se lo tome a mal por algo que ya da igual.
¿Tanto le habría costado avisarme antes de la boda?
