Buenas chicas
Vivo en Vancouver desde hace cuatro años y cuando me llegó la invitación no me lo pensé ni un segundo. Es mi mejor amigo, nos conocemos desde los 14 años, no había ninguna versión de mi vida en la que me perdiera su boda. Empecé a organizarlo todo con meses de antelación porque desde Canadá no es coger un tren, es vuelos, es hotel, es pedir días en el trabajo, es reorganizar tu vida entera durante dos semanas.
Vuelos ida y vuelta Barcelona: 1.100 euros. Hotel cinco noches: 600. El traje a medida que me hice porque quería ir bien para él: 400. El regalo de la lista: 250. Sin contar lo que he gastado en estos días aquí intentando no volverme loca.
Una semana antes de la boda me llega un mensaje. Que lo siente mucho, que la boda se cancela, que está destrozado, que ya me contará.
Ya me contará.
Me he enterado por otra persona del grupo de lo que pasaba de verdad. Que llevaban meses mal. Que él sabía desde hacía por lo menos seis semanas que la cosa estaba muy rota. Que hubo una conversación seria en la que casi se canceló todo y que él decidió no hacer nada esperando que ella aguantara hasta el final y que el problema se resolviera solo. Sabía que yo estaba comprando vuelos. Sabía que me estaba haciendo el traje. Sabía todo lo que me estaba gastando y lo que me estaba organizando y en ningún momento cogió el teléfono para decirme «oye, las cosas no están bien, igual espera antes de comprar nada».
No le pido que me hubiera contado sus problemas de pareja. Eso es suyo y lo entiendo. Le pido que cuando supo que yo estaba invirtiendo tiempo y dinero que no tengo de sobra en volar desde el otro lado del mundo me hubiera dicho algo. Una señal. Un «igual espera un poco antes de confirmar los vuelos». Cualquier cosa.
Estoy aquí con el traje colgado en el armario del hotel sin saber qué hacer con él ni con nada de todo esto. Y lo que más me duele no es el dinero aunque el dinero también duele. Es que llevo quince años siendo su amiga de verdad y resulta que cuando las cosas se pusieron feas yo no existía lo suficiente como para merecer una llamada.
