Un día estando con un amigo, me dijo que tenía ganas de ir de spa porque nunca había ido, que era algo que estaba de moda pero que no había estado nunca en uno. Este amigo para mí es como un hermano, nos conocemos desde hace un montón de años, así que al tiempo, cuando llegó su cumple, me acordé y decidir buscar spa para los dos, porque la idea era acompañarlo yo, claro está.
Busqué en internet y encontré un pack “dúo” en un sitio que me habían recomendado, a muy buen precio y con buena pinta. Era un recorrido de aguas termales y un masaje con unos barros especiales que tenían un pintón.
Mi amigo y yo quedamos y nos dirigimos al spa. Lo típico, puertas de hombres y de mujeres y al salir del vestuario ya nos encontramos. Súper chulo y placentero: chorros, andar por piedras, baños de diferentes temperaturas, sauna, burbujas… hasta nos dieron una copa de cava mientras estábamos en el jacuzzi. Nosotros tan tranquilos y de relax.
Cuando tocó entrar en las piscinas de diferentes temperaturas, escuché de fondo muy bajito “con toda la poca vergüenza”. En esos sitios hay que vigilar el tono porque se supone que es un sitio para relajarse, pero lo escuché perfectamente. Cual fue mi sorpresa cuando comprobé que la que lo decía era mi vecina, y supongo que de mí. Imagino que me vio con mi amigo en el spa y en su cabeza no entraba otra cosa que el hecho de que le estaba siendo infiel a mi marido, al cual ella obviamente conoce igual que a mí. Lo que no sabía la señora era que mi marido estaba al tanto de mi plan con mi amigo y que precisamente como lo conoce y
sabe también lo que significa para mí, le pareció perfecto.
Se lo dije a mi colega y nos reímos ambos pensando en el sofocón que se había pillado la buena señora sin motivo.
Cuando llegó el momento del masaje, nos metieron en una cabina con dos camillas y nos dieron un tanga de papel, mientras nos decían que nos lo pusiéramos y nos quedásemos desnudos. Yo miré a mi amigo, mi amigo me miró a mí y nos empezamos a reír. No sé si el pack dúo era así o si dieron por hecho que éramos pareja otra vez, pero nerviosos, dijimos de cambiarnos de espaldas, porque aquello estaba siendo un momento un poco tenso.
A mí me faltaban manos para taparme el pecho y el culo. Á el se le salían las partes nobles del tanga de papel, estábamos a cual de los dos más ridículo. De pronto entraron dos masajistas a darnos un masaje a cada uno pero a la vez, en la misma sala, medio en bolas. Boca abajo no había mucho problema, pero cuando estábamos boca arriba yo ya no podía hacer por taparme más.
Nos pusieron los barros y nos dejaron allí un buen rato con una música relajante. Al principio ni una palabra entre los dos, sólo risas y más risas. No podíamos creer estar viviendo ese momento tan surrealista, fue un momento trágame tierra tremendo.
Cuando ya nos enjuagaron y pudimos vestirnos volvió a pasar un poco lo mismo, aunque ya teníamos la vergüenza perdida. Justo al abrir la puerta de la cabina, resultó que pasaba mi vecina la cotilla, la cual con cara de “vaya vaya” nos volvió a mirar como dando por hecho otra vez que yo le estaba poniendo a mi marido una cornamenta que ni la de un miura.
Cuando recordamos el episodio todavía nos reímos, mi marido el primero, y cuando me cruzo con mi vecina, ella me sigue mirando como si me guardase un secreto grandísimo que sólo existió en su imaginación.
