Llego a casa agotado del trabajo y me siento a jugar con mis hijos mientras mi mujer empieza a preparar la cena. Me piden que sea un caballo y se van subiendo sobre mí, y acabamos los tres tirados encima de la alfombra.
Les doy la cena entre risas y anécdotas del día. Les cuento que me tomé un croissant enorme en el desayuno, que fue el cumpleaños de algún compañero, que nos reímos porque alguien confundió el timbre con el botón de la luz; hablamos de lo que falta para el viernes y pensamos en el cuento que leeremos antes de ir a dormir.
Mientras, mi mujer recoge y, si le da tiempo se sienta con el móvil delante de la televisión.
Cuando por fin duermen, me siento a su lado. Le empiezo a contar la reunión de un nuevo proyecto, de que no sé cómo se realizarán los descargos, de que tenemos que lanzar las compras ya, que las lluvias serán un problema. Me mira y me responde que hay que comprar zapatos a la niña y camisetas al niño. Le digo que podemos ir el sábado por la mañana.
Le pregunto si ha visto en las noticias lo que está pasando con Estados Unidos. Me responde que la madre de un amiguito del cole parece que se va a divorciar, que ya no viene nunca el marido. Y que hay otra que tiene una tripa sospechosa de embarazo.
Le hablo de las nuevas leyes que quieren aprobar sobre alimentación. Me responde que quedan pocos huevos
Cada noche lo sigo intentando, pero cada vez me parece más que solo quiere hablar de los niños y de cotilleos.
La semana pasada le pregunté si quería volver al trabajo. Me contestó: «¿Para qué?». Nos conocimos en la universidad, cuando éramos tan intensos que nos queríamos comer el mundo. Dejó de trabajar para cuidar a los niños. Fue su decisión y yo la apoyé.
Ahora ya están los dos niños en el cole y parece que pasa el día cocinando, limpiando y organizando.
Le propongo hacer algún curso; siempre quiso aprender sobre arte o estudiar matemáticas. Me dice que con qué dinero. Se levanta y se va. Voy a por ella y le digo que no se preocupe, que nos apañaremos. Se vuelve a levantar y se va sin decir nada.
Ayer, cuando llegué del trabajo, estaba vestida de calle con un vestido. Me dijo que se iba a dar un paseo. No lo entendí: irse sin haberme avisado antes, irse sola, dejarme solo con los dos niños sin preocuparse por ellos.
Calenté la cena que había dejado lista y miré cómo el reloj iba avanzando despacio. Metí los platos en el lavavajillas. Bañé a los niños y jugamos con la espuma. Busqué los pijamas porque no estaban preparados. Les metí en la cama y les leí cuatro cuentos. No parecían tener sueño y pidieron más. Tuve que leerles otros cuatro cuentos cuando solo quería ver el móvil.
Llegó cuando los niños dormían y a mí se me cerraban los ojos. Le pregunté a dónde había ido y no contestó. Puso en marcha el lavavajillas y se metió al baño. No entiendo nada.