Siempre he dicho que he tenido suerte con mi familia política. Mi marido tiene tres hermanas y son muy agradables conmigo. Cuando una de ellas se casó hace unos años la estuve ayudando y llegó a decirme que para ella era como una amiga. Con las otras dos no soy tan cercana pero también nos llevamos bien.
A veces he pensado que a mi suegra no le gustaba pero es cierto que de manera totalmente subjetiva. Me trata siempre correctamente, se preocupa por mí, tanto que incluso a veces podría parecer que me trata como a una hija.
El problema fue la última comida familiar. Estábamos hablando de mi pequeño. Mi suegra dijo que tenía tres tías (sus tres hijas, claro), a lo que yo contesté que tenía cuatro, que faltaba la novia de mi hermano. Me volvió a rebatir que no, que tenía tres tías. Y yo educadamente repetí que cuatro. Mi miró y dijo que bueno, pero que eran tres tías de verdad.
Respiré despacio, intenté contestar calmada e hice la gran pregunta. «¿Entonces, no soy tan tía de tus nietos como tus hijas?». Se hizo el silencio en la casa, noté que dudó pero al final dijo que no, que no era lo mismo, que yo no era una tía de verdad.
Me dolió, conozco a esos niños desde que nacieron, he jugado muchísimo con ellos, estoy pendiente de sus regalos de cumpleaños y de sus vidas. Todos los saben.
Pero lo que más me dolió es que nadie dijo nada, ni mi marido ni sus hermanas. Dejaron que la última palabra fuera de mi suegra y nadie la rebatió.
Me levanté sin decir nada y me fui a la habitación donde jugaban los niños, que por suerte no habían escuchado nada de la conversación.
Por la noche le pregunté a mi marido por qué no me defendió. Intentó quitarle importancia, la típica excusa de que su madre está mayor y que lo dice sin maldad.
Yo lo siento, pero les he puesto una cruz a toda la familia. Seguiré siendo cordial, por supuesto seguiré pendiente de los niños, pero para mí los adultos ya no son mi familia.
