No es que mi familia política sea una panda de religiosos tradicionalistas en ciernes, ni mucho menos, pero he de decir que sí están un pelín chapados a la antigua en lo que al concepto de lo que es una mujer «decente» se refiere. Soy plenamente consciente de que para ellos, mi forma de vestir, mis piercings y mis tatuajes me convierten en una chica un tanto peculiar por decirlo suavemente. Vaya por delante que siempre me han tratado estupendamente y que nuestra relación es muy buena a pesar de nuestras diferencias. Por eso me sorprendió tanto cuando, una mañana de verano, nos invitaron a mi chico y a mí a pasar el día en la playa y por poco se monta la tercera guerra mundial.
Cuando les conocí hace ya la friolera de once años, me di cuenta de que, aunque eran personas maravillosas, nuestra forma de ver y entender la vida distaban bastante de ser la misma. En la familia de mi chico la mujer tiene un rol y un comportamiento preestablecido bastante claro: su lugar está en la cocina alejadas de sus maridos, vistiendo ropas recatadas, siempre pendientes del qué dirá la gente, sin tomar una gota de alcohol porque «eso es cosa de hombres». Sobra decir que servidora, no cumple ni una de esas normas y que siempre me han mirado con cierto recelo por ello, pero nunca habíamos tenido ningún problema hasta este verano.
Aquel día era el cumpleaños del tío de mi chico y decidieron celebrarlo con una comida familiar en la playa a la que nosotros también estábamos invitados. No es que me pareciera el mejor plan del mundo precisamente, pero sabía que a mi chico le hacía ilusión juntarse con los suyos y ver al hijo de su primo, que había venido desde bastante lejos para que la familia pudiera conocerle. Así que hice de tripas corazón porque mi chico se merece todos los esfuerzos del mundo, preparamos un par de tortillas de patata para no ir con las manos vacías y nos presentamos allí dispuestos a pasar un gran día en familia rodeados de cientos de primos, tíos y sobrinos.
Como era de esperar, las mujeres y los hombres estaban divididos, cada grupo separado del otro. Mientras los hombres bebían cerveza y reían a mandíbula batiente, las mujeres conversaban con decoro preparando la mesa plegable y disponiendo en ella toda la comida. Me hervía la sangre de ver cómo ellas montaban la mesa mientras ellos se tocaban las narices y otras partes de su cuerpo, pero me pudieron más los buenos modales que mis convicciones morales y terminé echando una mano. Mi suegra estaba encantada de que formara parte de aquel grupo de mujeres abnegadas y creo que le faltó el canto de un duro para echarse a llorar de la emoción cuando cogí en brazos al bebé de su sobrino.
Me encantan los niños, lo cierto es que tengo buena mano con ellos y vaya donde vaya, todos quieren jugar conmigo. Reconozco que me sentía orgullosa viendo cómo mi suegra me miraba encantada, presumiendo de nuera y de la soltura que mostraba con aquel pequeñín que terminó dormido en mis brazos. Por un momento dejé de ser aquella chica rara, tatuada, con las orejas como dos coladores, que bebía cerveza y se reía demasiado alto y pasé a ser el prototipo de mujer ideal para ella. Pero aquella alegría no duró mucho. Una vez devolví el bebé ya dormido a los brazos de su madre y aprovechando que aún era pronto para comer, decidí que era un buen momento para darse un baño. Me quité el vestido, me quedé en bikini y me encaminé a la orilla. ¡En qué momento!
Cuando salí del agua minutos más tarde, vi que mi chico discutía con su madre. Extrañada, me acerqué a ellos para ver qué sucedía y llevar algo de paz, pero me quedé a cuadros cuando supe que aquella disputa que se traían entre manos era ni más ni menos que por mi bikini. Antes de que estuviera de moda, yo siempre había llevado bikini tanga porque odio tener el culo blanco como una pescadilla. Lo que para mí y para mi chico era algo de lo más normal, para su madre era un sacrilegio. Me exigió que me cambiara de bikini o que me pusiera el vestido, ya que le parecía inaceptable y una falta de respeto.
Le pregunté qué era exactamente lo que le parecía tan ofensivo y me contestó que no le parecía bien que mostrara tanta piel habiendo niños delante. En primer lugar, los niños a los que se refería mi suegra ya estaban bastante creciditos (tenían entre diecisiete y veintiún años) y en segundo lugar, what?! No podía creer que mi suegra estuviera pidiéndome que me cambiara o que me vistiera. ¿Era consciente de que estábamos en el siglo XXI? Cuando noté que toda la familia seguía atentamente nuestra discusión desde la distancia, quise morirme de vergüenza. Nunca antes me había sentido mal por una simple prenda de ropa ni había llegado a plantearme que algo pudiera estar mal conmigo por ello.
Bien sabe dios que si hubiera sido por mí, le hubiera dicho cuatro cosas a mi suegra y me hubiese quedado tan ancha, pero era la familia de mi novio y no quería echar más leña al fuego ni crear una situación más violenta todavía. Estaba dispuesta a ponerme el vestido, pero no hizo falta. Aunque mi novio haya sido criado por esta señora, no se comporta como si estuviera recién salido de las cuevas de Atapuerca y no me dejó taparme. En lugar de eso, le dijo a su madre que si no le gustaba mi atuendo, no era necesario que me mirase y que si se sentía incómoda en presencia de un tanga, la playa era muy grande.
Aún así, y aunque agradecí el apoyo de mi novio en una situación como aquella, no volví a sentirme cómoda en todo el día y evité levantarme de la silla todo lo que pude. Supongo que ninguna de las dos consiguió su objetivo aquel día: ni ella logró que mi bikini desapareciera de su vista ni yo me lo pasé bien en aquella reunión familiar.
Qué pensáis?gracias por leerme
