Tengo unos mellizos maravillosos, una niña y un niño. Están acabando primero de Primaria. El año pasado, su padre y yo pensamos que era buena idea apuntarlos a alguna actividad extraescolar. Nada que les quitara mucho tiempo, pero sí algo para que fueran probando cosas.
Los apuntamos a unas actividades del centro cívico que tenían un poco de todo: deportes, baile, cocina, crochet… Este año les dijimos que escogieran una actividad, la que quisieran. La niña quiso escalada y el niño baile urbano. Así que ahí los llevamos, y ahí empezó el follón.
No es que mi suegra dijera nada directamente, pero iba soltando puyitas por el camino y haciendo bromas. Hasta el punto de que un día mi hijo me preguntó si estaba mal que a él le gustara el ballet, porque la abuela decía que eso lo volvería afeminado, y a la niña le dijo que no encontraría novio haciendo cosas de niños.
Mi marido, por supuesto, no tardó ni un segundo en ponerle límites a su madre. Pero no han servido de mucho. Al principio nos lo decía a nosotros, para que recapacitáramos y los cambiáramos: mi hija al ballet y mi hijo a escalada. Como le dijimos que nuestros hijos harían lo que ellos quisieran, fue cuando empezó a comerles la cabeza a los niños.
No sabemos qué más decirle para que se calle y pare. Pero como no la vemos tanto, no le dimos demasiada importancia.
Para el año que viene los niños tienen dos actividades a elegir cada uno. El niño eligió ballet e inglés. La niña siguió con escalada y ajedrez. Todo perfecto en un principio.
Ayer fui a recoger a mis hijos a casa de mi suegra. Ella quiso recogerlos del cole y, cuando fui a por ellos, me cogió por banda y me dijo que se había enterado de lo que querían hacer los niños el año que viene y que no le parecía bien.
Le dije que a nosotros sí nos parecía bien, y que eso era lo importante. Me dijo que iba a hacerles creer a los niños cosas que no son, que los niños tienen que ser niños y las niñas, niñas. Y que si no lo hacía, los iba a confundir. Que la niña acabaría pareciendo un macho con tanta escalada.
Como insistí en que era una decisión nuestra, se puso bastante pasivo-agresiva. Cuando vi el percal, le dije que nos íbamos.
Entonces me gritó algo incoherente sobre la familia, y que estas cosas antes no pasaban, y no sé qué más sobre que ya sabía ella lo que iba a pasar con toda esa tontería de gays y lesbianas… O algo así. Yo estaba más pendiente de coger a los niños y sacarlos de allí que de lo que dijo realmente.
Cuando llegué a casa se lo dije a mi marido. Estuvimos hablando largo rato sobre qué hacer, pero no lo tenemos claro. Ya le hemos dicho varias veces que no diga esas cosas delante de los niños, que nuestros hijos harán lo que quieran y que son niños. Le hemos dejado claro que, si sigue así, se arriesga a que le prohibamos verlos. Pero no para.
Realmente no queremos llegar a ese punto. Yo estoy intentando buscar una solución; mi marido es más radical, estaba muy enfadado y lo entiendo. Dice que ya se le ha avisado lo suficiente y que no va a permitir que diga esas mierdas delante de los niños.
¿A alguien de aquí le ha pasado algo similar? No conozco a nadie de mi entorno con estos problemas.