Soy un alma libre que vive sin ataduras y que estoy pasando por una época de celibato por voluntad propia. He pasado por alguna que otra relación, pero parece que la vida de pareja no está hecha para mí. Una vez hice este descubrimiento la verdad es que la tranquilidad se ha instalado en mi vida personal. Tengo buena relación con mi familia y tengo contadas amistades, de las de verdad. Porque ya se sabe que no hace falta tener muchos amigos, sino buenos amigos.
Hago planes con ellos y también hago planes en solitario. La verdad es que me he acostumbrado a hacer actividades sin compañía, y oye, que le he pillado el gusto.
Para estas vacaciones, mi idea era alquilar una furgoneta camperizada y largarme unos días al sur. Horas de conducción, con mi música, cuando notase cansancio, parar y dormir, comer donde me apeteciese y fluir.
Unos días antes de pillar las tan ansiadas vacaciones, vi a un compañero de turno, con el que me llevo bien, con un careto que daba pena verlo. Le pregunté si estaba bien y me dijo que no, que había roto con su novia de hacía diez años y que no le encontraba sentido a la vida. Le dije que, si quería, después de la jornada, nos podíamos ir a tomar algo, para ahogar las penas, y aceptó.
Se pasó el rato llorando, contándome lo mucho que aún la quería. Le dije que lo que tenía que hacer era salir, distraerse, pero me dijo que ahora mismo no sabía hacer nada solo. Como mi neurona estaba en pausa y el chico en el fondo me daba lástima, le ofrecí ir de vacaciones conmigo. Le conté mi plan y que podíamos ir a medias con los gastos. Me dio las gracias un millón de veces y aceptó.
Pues llega el día de salir y se presenta con dos maletas enormes. A ver chico, que el espacio es reducido. Creí que había dejado claro que era una furgoneta, no un autobús. Con sus maletas iba a ocupar un montón de espacio de carga. Me pidió que yo redujese mi equipaje porque él se había traído sólo sus imprescindibles, y no podía renunciar a nada. Hicimos la primera compra de alimentación para el camino y ahí ya empecé a sospechar que no había sido para nada buena idea invitarlo. Todo lo que yo quería, lo criticaba. O no era lo suficientemente sano, o no tenía suficiente fibra, o tenia demasiado azúcar… Y lo que escogía él, oh, sí, muy sano, pero muy caro.
No quería conducir porque me dijo que no se encontraba muy cómodo con un vehículo tan grande y me hice casi los novecientos kilómetros yo. Cambió mi música sin pedir permiso y me dijo que había traído una selección ideal que había puesto en un pen. A mí me aburría bastante y él, no sé para qué la puso, pues se pasó muchos kilómetros durmiendo. Ni para darme conversación me servía.
No le gustaba dónde decidía parar. No le gustaba los sitios que yo quería visitar y proponía otros a los que yo no le veía la gracia. Le costaba soltar la mosca pero proponía comer siempre fuera. No le gustaban los menús que preparaba. Compraba recuerdos y regalos para Dios y su madre, ocupando cada vez más espacio de la furgoneta. Yo quería comprar cajas de garrafas de aceite para y me tuve que conformar con una, porque no había más sitio para mis cosas. Y se quejaba de todo. Por todo. Continuamente. De manera insistente.
Hasta que tuve suficiente. Una mañana, cuando estábamos desayunando le dije que mi madre me había llamado, que no se encontraba muy bien, y como era mayor quería volver a casa para acompañarla a hacerse las pruebas al hospital. Que sentía mucho tener que acortar las vacaciones cuatro días pero que una madre es una madre.
No pudo decirme que no, así que emprendimos la vuelta. Me hartó tanto su puto egoísmo que he cortado toda relación con él.
Quién me mandaría a mí, con lo a gusto que estoy sin nadie, copón.
