Ayer vinieron mis suegros a casa a cenar para ver a las niñas y pasar un rato con nosotros y ya terminé subiéndome por las paredes. Lo primero que hicieron entrar por la puerta fue darles un regalo a cada una sin venir a cuento, porque ni era cumpleaños ni santos ni Navidades ni nada de nada. Cuando lo abren, los gritos se escucharon desde el espacio. A la de 14 años le regalaron el nuevo iPhone 16 y a la pequeña, de 10 un iPad de los caros.
Mi cara era un poema, las niñas, gritando como locas abrazadas a sus abuelos, mi marido, dándole las gracias por los detallazos y yo flipando de lo lindo, porque ni entendía el porqué ni lo encuentro adecuado.
Mi marido está cabreado conmigo, porque dice que soy una rancia que debería estar agradecida porque era algo que las niñas querían y que nosotros no hemos tenido que pagar. Pero es que era algo que yo no quería que las niñas tuvieran, para empezar. En unos meses serán Navidades, ya tendremos mucho gasto y me parece innecesario hacer este tipo de regalos fuera de fechas, y poniendo el listón tan alto.
Me callo porque voy a provocar un problemón en casa como siga con el temita, pero me hierve la puñetera sangre.
