Durante el cole lo llevaba porque había un horario. A las 8 y cuarto el niño salía, la cosa se calmaba y yo podía existir en mi propia casa con algo parecido a la tranquilidad. Los fines de semana eran los fines de semana y eso también tiene un límite en el calendario.
Pero llegó junio y con junio llegó el verano sin cole y con él la nueva realidad que es que el niño está arriba todo el día y que todo el día incluye las 6 de la mañana que es cuando empieza a correr y que en un piso con el suelo que tiene ese edificio suena exactamente como suena, como alguien corriendo por encima de mi cabeza con una energía que yo a las 6 de la mañana no tengo ni voy a tener nunca.
Se lo dije al vecino la semana pasada con toda la educación del mundo. Me miró con esa cara de padre que está cansado de que le digan cosas sobre su hijo y me dijo que los niños tienen derecho a jugar. Le dije que sí, que completamente de acuerdo, que los niños tienen todo el derecho a jugar, que si podían jugar a algo que no implicara correr por el pasillo a las 6 de la mañana. Me dijo que no le iba a decir a su hijo cómo jugar.
Y ahí se acabó la conversación.
Lo que me revienta no es el niño porque el niño tiene cuatro años y tiene toda la energía del mundo y no tiene la culpa de nada. Lo que me revienta es que hay una conversación que se puede tener entre adultos sobre horarios y sobre convivencia y sobre el hecho de que vivir en un bloque implica que hay personas debajo y encima y al lado y que eso tiene unas implicaciones mínimas que no es pedir nada del otro mundo. Pero en cuanto dices algo sobre un niño la conversación se cierra sola porque los niños tienen derecho a jugar y eso es un argumento que no tiene réplica posible aunque tampoco resuelva nada.
Quedan dos meses de verano. Setenta días de carreras a las 6 de la mañana si no pasa nada que lo cambie y no creo que vaya a pasar nada que lo cambie.
