Hoy vengo a escribir una reflexión que el otro día también le comenté a mi psicólogo. Llevo varios meses en terapia debido a mi infancia traumática y a muchos sentimientos encontrados que llevaban tiempo reprimidos dentro de mí y que se han manifestado en la edad adulta en forma de ansiedad generalizada.
Seguramente muchos os habréis llevado las manos a la cabeza tras leer el título, pero es una realizad que no puedo cambiar y eso no me hace ni peor persona ni una mala hija. Mis padres siempre han sido personas autoritarias y controladoras, que jamás dudaron en usar la violencia para educarme. Con violencia me refiero tanto a física como verbal. Desde muy pequeña me educaron para ser una princesa perfecta, y si hacía algo que no encajaba en sus estándares, si simplemente era yo misma o hacía cosas propias de mi edad no dudaban en soltarme varias hostias y/o insultarme. Con eso no me refiero a comportamientos malos ni a que yo fuese una niña difícil, todo lo contrario, siempre fui muy tranquila. Me refiero a la más mínima tontería como que se me derramase un vaso de agua, o me manchase un poco una camiseta mientras estaba dibujando.
Si pasaba algo así, automáticamente bofetada, azotes en el culo, estirarme del pelo, todo eso acompañado de comentarios como: «eres retrasada mental, eres estúpida, te voy a partir la cara, te voy a dar un puñetazo que te voy a romper los dientes, ojalá no hubieras nacido». Por no mencionar los comentarios con mi físico, ya que siempre he sido rellenita y en la escuela se metían mucho conmigo. Cuando yo les decía eso, simplemente me soltaban «si hicieras dieta y estuvieras delgada no se reirían de tí». O si quería comprarme algo de ropa que a mi me gustaba me decían que no, que esa ropa es para niñas guapas y delgadas y que yo no podía ponerme eso porque parecería un chorizo de cantimpalo. Si sacaba buenas notas en la escuela me decían que vale, que es lo que tenía que hacer. Si algún día me iba mal un examen ya temblaba de camino a casa porque sabía que me iban a llover hostias por todas partes y me iban a insultar diciéndome que soy tonta.
Todo eso me hizo tenerles siempre un miedo terrible, lejos del respeto que le deben tener los hijos a los padres, y ya entrada en la adolescencia empecé a desarrollar un sentimiento fuerte de rechazo hacia ellos que poco a poco ha ido yendo a más. En esa época me controlaban absolutamente todo. Me prohibian salir con mis amigos, hurgaban en mis cosas, me registraban la habitación y me tiraban todo aquello que considerasen que no me convenía tener, como ropa, zapatos, etc. A mi primera pareja me la espantaron literalmente. Le amenazaron con denunciarle si no se alejaba de mí, y todo porque yo tenía 17 años en ese momento y él 22. Toda la vida han querido decirme que es lo que me conviene y lo que no, yo jamás he tenido ni voz ni voto, y si no obedecía pues hostia al canto. Hasta que llegó un día ya con 23 años que me cansé. Me fui de casa y no volvieron a saber de mí en mucho tiempo.
Tuve que vivir en el coche y mientrastanto seguía yendo a la universidad. Por suerte tenía trabajo y pude alquilarme una habitación. Después volví a tener relación con ellos pero lo justo y necesario. Eso sí, jamás han reconocido sus errores y siempre me han culpado a mí de ello. Por eso a penas voy a visitarles, y si voy no me quedo más de un par de horas. Eso también me lo echan en cara.
Hoy en día tengo 30 años, tengo pareja y estamos pensando en ser padres. De ahí que esté intentando sanar todos mis traumas, ya que no quiero que mi hijo pase por lo mismo, y sobretodo, no quiero que mi hijo me odie.
