Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Cada día es lo mismo. Cuando voy a dejar a mis hijas al colegio, veo a ese grupito de madres reunidas en la puerta, siempre en el mismo lugar, hablando y haciendo aspavientos. Al principio, cuando mis hijas empezaron en este colegio, pensé que sería buena idea integrarme, conocerlas y, ¿por qué no?, hacer nuevas amistades. Pero muy pronto descubrí que estas madres no eran lo que parecían. Y, ahora, cada tarde cuando voy a buscar a las niñas, siento ese incómodo nudo en el estómago al pasar junto a ellas, sin ganas de detenerme a socializar, mientras una parte de mí se siente culpable.
Al principio todo parecía normal y ellas muy majas, sin embargo, no tardé en darme cuenta de que no eran conversaciones sinceras. Lo que más les interesa a ellas no son los niños ni la educación, sino las vidas de los demás. Y, peor aún, se alimentan del chisme. Es como si hubieran desarrollado un sexto sentido para detectar cualquier pequeña debilidad en las personas y convertirla en tema de conversación. No tardé en ver cómo incluso entre ellas se despellejaban, y delante de otras madres que no somos “del círculo”.
Me resulta muy chocante ya que, por las tardes, las veo en el parque que hay frente al colegio, hablando y riendo mientras los hijos juegan (incluso quedan en verano), pero luego, en una ocasión en la que una madre “del círculo” pedía por el “Chat de padres” si alguien podía recoger a su hijo de un cumpleaños y dejarlo en la casa de sus abuelos, el resto de madres empezaron a decir cosas horrendas de ella, como que “trataba a su hijo como un paquete” y que “su padre no puede venir a buscarlo porque es un borracho”.
Escucharlas criticarse entre ellas me resultaba incomodísimo. Lo hacían con una sonrisa, mientras aparentaban ser las mejores amigas. Se contaban todo, pero luego, cuando una se daba la vuelta, los comentarios venenosos empezaban a volar. Que si a esta le va fatal en el trabajo, que si la otra tiene problemas en su matrimonio, que si viste mal, que si su hijo tiene problemas de comportamiento…
A pesar de mi decisión de mantenerme al margen, una parte de mí seguía sintiendo la presión de encajar. Porque, al fin y al cabo, todos queremos pertenecer a algún grupo, sentirnos integrados. Y me daba cuenta de que, al no interactuar, me estaban empezando a ver como “la que siempre va sola”, la distante. Y, sin embargo, prefería eso a ser parte de su círculo tóxico.
Sé que es importante llevarse bien con las madres de los compañeros de mis hijas, pero, ¿a qué precio? Cada vez que interactúo con alguna de ellas, siento que estoy siendo evaluada, que cualquier detalle que comparta será utilizado en mi contra en algún momento.
Lo más difícil para mí es lidiar con la culpa. Me siento mal por no interactuar más, por no hacer ese esfuerzo que se supone que deberíamos hacer como padres para mantener una comunidad escolar unida. Pero, ¿cómo puedo abrirme cuando sé que lo único que les interesa es tener material para el próximo cotilleo?
Me he dado cuenta de que estas situaciones son más comunes de lo que imaginaba. He hablado con otras madres, cuyos hijos van a otros coles, y muchas se sienten igual. No todas las madres tienen que ser mejores amigas, a veces es mejor no dejarse llevar por la presión social de encajar en un grupo con el que no compartimos valores.
Pienso firmemente que no siempre es necesario caer bien a todo el mundo, que a veces es mejor ser fiel a lo que uno cree y no formar parte de situaciones que nos hacen sentir mal. Prefiero ser un ejemplo de integridad para mis hijas
Así que sí, quizá para esas madres soy la «rara», la que no se acerca, la que parece distante. Pero si eso significa evitar formar parte de un círculo donde se alimentan del cotilleo y el juicio, entonces estoy más que dispuesta a aceptar ese título. Porque al final del día, prefiero estar tranquila conmigo misma que ser parte de un grupo que se basa en hablar mal de los demás. Y, aunque no lo parezca, eso también es una forma de proteger a mis hijas.
