Me animo a contar mi historia a toro pasado, porque realmente necesito compartirlo (me ha costado hasta terapia psicológica). Comparto esta historia también como parte de mi proceso de recuperación. Tengo un grupo de amigas maravilloso y me prepararon una despedida de soltera que superó mis expectativas, hasta el punto de hacerme sentir culpable (por el dinero que tuvieron que gastarse): casa rural un finde, juegos, decoración super currada y actividades.
Lo pasamos super bien, e intento que lo que pasó el ultimo día no empañe esos recuerdos. Ellas contrataron a una de esas empresas de actores que se hacen pasar por camareros y en la última comida que hicimos habían preparado algo divertido. Los hay de todo tipo: el camarero torpe, el que se toma la confianza y se sienta con el grupo, alguno que le tira los tejos a la novia y la versión que nunca hubiera querido conocer: la camarera que se hace pasar por la amante del novio. En realidad no sé qué tipo de gracia me hubiera hecho en cualquiera de los casos anteriores, pero ellas habían contratado un camarero que me tirase los tejos durante la comida y así reírnos de «mi último ligue» antes de la boda.
Pues no fue como planearon y la empresa decidió mandar a una chica que, poco a poco, nos fue preguntando qué celebrábamos y cómo era mi relación con el novio, etc.
Yo de la forma más amable y abierta posible (como soy) le fui contando de todo, cuando de repente, empezó a decirme que conocía al novio (estábamos en mi misma ciudad) y que había estado con él justo el fin de semana antes, que si sabía con quién me iba a casar, que ellos tenían una historia desde mucho antes que yo empezara con él y cosas así.
No podría describir el estrés y la ansiedad que pasé toda la comida. En ningún momento desconfié de mi entonces prometido y le dije que estaría equivocándose de persona pero supongo que sin querer le había dado información de nuestras vidas que luego aprovechaba. Yo no dudaba, pero sentía que mis amigas podían estar pensando que estaba ciega, que iban a desconfiar de mi novio y que su relación con él se iba a resentir, porque si yo hacía oídos sordos y seguía adelante, ellas no lo iban a entender. Era muy evidente que esa chica me estaba advirtiendo. Claro está que ellas sabían que era una actriz, así que nada de lo que estaba pensando iba a pasar. Busqué al encargado para que cambiasen a la camarera por otra, me encaré y le dije que nos estaba arruinando la celebración, que cómo podía hacer algo así. Todo lo que veía a mí alrededor era silencio.
La cosa de resolvió tipo «inocente, inocente», la chica se desenmascaró como actriz y nos dejó ya en el postre. Cuando todo acabó, a mí me temblaban las manos, estaba bloqueada e intentando contener las lágrimas de la presión que había sentido. Mis amigas, que tampoco disfrutaron del «espectáculo», se disculparon porque eso no era lo que habían planeado y llamaron a la empresa para reclamar, los pusieron verdes en RRSS y me consta que sus disculpas fueron de corazón.
Días después seguía mal. Yo me había sentido abandonada por ellas, que habían dejado que todo eso pasara sin hacer nada y cuando supe que en realidad era mentira, no podía dejar de pensar en por qué nadie lo paró. Yo intento mostrarme comedida en mis emociones y mostrar templanza pero ellas que me conocen sabían que la cosa se había desmadrado. ¿La respuesta? Presión de grupo. Nadie quiere decir nada por no arruinar lo que habían preparado y como nadie dice nada, cada una individualmente calla. Nunca nadie sabe dónde está el límite para parar una situación y como nadie la para, el límite se va alejando.
Necesité ayuda de un profesional para gestionar esa ansiedad y procesar lo que había pasado. Soñaba por las noches que no había sido una «broma». Mi boda no estuvo nunca en duda, pero me costó retomar los últimos preparativos con ilusión. También necesité esa ayuda para perdonar, porque aunque hubiera sido sin intención, yo me sentí agredida por mi círculo más íntimo.
La historia tiene un final feliz, mi marido es estupendo (y fiel) y mis amigas muy queridas. Todavía me cuesta reírme cuando recordamos la batallita, pero ya pasó.
Además de por mi misma, quería compartir esta historia con todas las que estéis preparando una despedida de soltera. De verdad que menos es más, que la parte más bonita es reunir a amigas de distintas partes, o de distintos círculos. Compartir recuerdos y anécdotas y sentirte querida en cualquier lugar y el tiempo que sea.
Entiendo que, desde el cariño, se quieran incluir cosas nuevas para hacerlo lo más especial posible, pero no es necesario. Ni que decir tiene que las bromas pesadas intencionadas me parecen fuera de lugar.
Solo cuidad de vuestras amigas que en esos momentos (casi todas) son novias estresadas que solo necesitan un tiempo para ellas y para sentir que son quienes siempre han sido, una amiga de sus amigas.
