Cada vez que pienso que alguien entró a mi casa mientras estábamos dormidos y que estuvimos a merced de lo que hubiera querido hacernos a cualquier de los tres, se me pone la piel de gallina. Siempre había sido de esa clase de cosas que una ve a menudo en la televisión pero hasta que no te pasan a ti, crees que sólo le suceden a los demás. No sé si fue pura mala suerte o si es que se nos está quedando un mundo precioso -entiéndase la ironía-, lo único de lo que estoy segura es que desde aquel día, no he podido volver a sentirme cien por cien segura.
Nosotros vivimos en una ciudad de interior, en una urbanización bastante grande con un montón de vecinos entrando y saliendo por todas partes y a todas horas. Sé que, en principio, puede parecer una pesadilla sacada de un capítulo de Aquí no hay quien viva, pero a lo que me quiero referir es que nunca puede suceder nada sin que otro vecino se entere. Por suerte, supongo que eso es algo que ha disuadido hasta el momento a cualquiera de entrar a robar a nuestras casas. Y es que el robo no fue en mi vivienda habitual, sino en la casa de la playa.
Mis padres tienen un pisito en la costa y aquella vez, igual que siempre, mi chico y yo decidimos ir a pasar unos días de relativo relax. Y digo relativo porque iba a ser la primera vez que nuestro bebé fuera a la playa. Como padres primerizos, el viaje nos hacía especial ilusión y no veíamos el momento de que nuestro hijo viera el mar y pisara la arena. Lo que no sabíamos es que íbamos a recordar aquellas vacaciones por un motivo muy distinto y bastante más bizarro. Como el pequeño tenía sus horarios de comida, siesta y demás, siempre íbamos y veníamos de la playa a la piscina y de la piscina a casa, a la misma hora. Supongo que aquella monotonía le vino genial al ladrón.
Tenemos la sospecha de que, fuera quien fuese, nos llevaba vigilando un tiempo y se había quedado con la copla de nuestros movimientos. Nosotros, obviamente, no vimos nada raro ni a nadie fuera de lo común. Aquel día, como todos los demás, habíamos pasado la mañana en la playa y, después de darnos un baño en la piscina y comer, nos echamos una buena cabezadita. El apartamento está en una urbanización plagada de familias, pero era la hora de la siesta y, como todo español de bien sabe, eso es algo sagrado que todo el mundo suele respetar. Todo esta en silencio, muy tranquilo. Al ser una urbanización muy tranquila, nunca jamás habíamos tenido problemas y a pesar de estar en un primero, siempre dejábamos la puerta de la terraza abierta.
Aquella tarde no fue una excepción y supongo que eso, entre otras cosas, fue lo que terminó de llamar la atención del ladrón. Acostamos al niño en la cunita y nosotros nos tiramos en la cama dispuestos a descansar. Durante la hora y pico que estuvimos dormidos no escuchamos nada extraño, pero al despertar nos encontramos con que la casa estaba hecha un circo. Las maletas abiertas, la ropa tirada por todas partes, todo fuera de su sitio, la televisión, los móviles, las carteras y cuatro cachivaches más habían desaparecido… Cuando nos dimos cuenta, con el corazón en un puño, corrimos a comprobar que el niño estuviese bien y, por fortuna, ni se había enterado.
Entré en pánico, no podía dejar de llorar y de pensar en que alguien se había paseado por mi casa mientras estábamos dormidos, mirándonos, con mi hijo a su alcance. Mientras, mi chico se hizo cargo de la situación y fue a casa de unos vecinos para llamar a la policía. Nos dijeron que era muy probable que hubieran utilizado un somnífero en spray parecido al cloroformo y que por eso ninguno de los dos nos habíamos enterado de nada. Pusimos la correspondiente denuncia, dimos de baja las tarjetas y pusimos fin a nuestras vacaciones. Eso sí, decidimos instalar rejas en puertas y ventanas, amén de una alarma antirrobo. Desde entonces no soy capaz de dormir en condiciones cuando estoy en esa casa.
