Nos mudamos hace poco por temas laborales y mi hija no lo lleva bien. Ahora vivimos en una casita, con patio y piscina, pero ha tenido que dejar atrás a sus amiguitos y, con lo introvertida que es, se le está haciendo cuesta arriba.
Antes de que inicie el nuevo curso y vuelvan a empezar las clases, he decidido que vamos a visitar los parques infantiles cercanos para que conozca y se relacione con nuevos niños e intentar que haga algún amigo que vaya a su colegio o que viva por la zona, para quedar después de clase.
Pasan los días y mi hija no interactúa con nadie. Hasta que un día una niña más o menos de su edad, se le acerca y le pregunta si quiere jugar con ella. Bueno, ya hemos dado el primer paso. Los siguientes días, nos vamos encontrando con esa niña en el parque. Ellas se pasan las tardes jugando y un día su madre se acerca para conocer a la mamá de la nueva amiguita de su hija. Parece un poco pijilla pero oye, es agradable y la conversación fluye.
Nos damos los teléfonos y quedamos para otro día, que mientras las niñas jueguen, nosotras nos tomaremos un café en la terraza de una cafetería que está al lado de uno de los parques.
Y así, entre cita y cita, nos contamos sobre nuestras familias, viajes, trabajos y gustos y las niñas tienen con quién jugar. No es que se pueda considerar que yo haya hecho una amiga también, pero es agradable.
Se acaba el verano y decidimos invitar a la amiga de mi hija y a su familia a cenar en casa. Ellos aceptan encantados. También vendrá el hermano mayor de la niña, un pre-adolescente que, según su madre, no molestará, porque está todo el día enganchado o al móvil o a la consola.
Mi marido y yo nos lo curramos, para que tengan una buena impresión. Jamón del bueno, barbacoa, vino, pastel, helados… Un banquete en toda regla, con bañito en la piscina incluido. La familia se va encantada, con la promesa de que la próxima será en su casa.
Dos semanas después, para celebrar el inicio de curso, nos invitan a su casa a cenar. Llevamos rato hablando y allí no hay ni rastro de comida alguno. Al poco de llegar, nos han dado una única cerveza para cada uno y nos han puesto unos ganchitos un poco rancios. La amiga de mi hija no le hace mucho caso, porque está emperrada en jugar a la consola con su hermano, pero el chico no quiere dejársela. Y andan a la gresca. Pasa el rato y mi hija no sabe qué tiene más, si hambre o sueño. Son más de la diez, cuando el padre nos dice que se va a buscar la comida. Vaya, nada de cocinar, ¿eh?
Al rato largo aparece con dos bolsas, llenas de envases de comida para llevar. Las recalientan en el microondas y las ponen en medio de la mesa. Nos avisan de que la cena está lista.
Nos asomamos temerosos a los recipientes, en los que vemos una masa informe de refrito que parece croquetas o algo similar. Tenemos una ensalada verde y arroz pastado a la cubana. Nos animan, alegres, a llenar nuestros platos y a disfrutar de la comida.
Es evidente, nos han puesto sobras del Too good to go para cenar. Y yo gastándome una pasta en jamón…
Pasamos el trance con la mejor actitud de la que somos capaces y nos retiramos relativamente pronto, con la excusa de que la niña no está muy fina. Creo que tardaremos mucho tiempo en aceptar otra invitación.
