Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
El caso es que el jueves fui a buscar un vestido para la comunión de la hija de mi cuñada, que es el dos de mayo. Elegí una tienda que tuviera variedad de tallas eso sí, ya no intento embutirme en lo primero que pille. Encontré uno que era bastante mono, color tostado, manga corta, y me lo llevé al probador sin muchas esperanzas. Y el caso es que me quedaba bien. O sea bien de verdad no bien de resignación. Me lo puse y pensé: esto me favorece. Y entonces hice algo que no hago nunca.
Saqué el móvil y me hice una foto. Una foto entera, de cuerpo entero, con la luz horrorosa del probador y todo. La miré. Y no la borré. Llevo cuarenta y dos años y no recuerdo la última vez que me hice una foto en un probador y no la borré inmediatamente. Siempre encuentro algo. El michelin de aquí, el bulto de allá, los brazos. Siempre los brazos. Esa tarde se la mandé a mi amiga y le dije: mira qué vestido. Ella me contestó: estás guapísima. Y yo le respondí que gracias, que era el vestido. Y ella me escribió: eres TÚ, pesada. Compré el vestido. Lo tengo colgado en el armario. Y cada vez que lo veo pienso en que me hice esa foto y no la borré, y no sé por qué eso me parece tan grande cuando en realidad no es nada. Supongo que sí es algo.
