Me casé en una preciosa ceremonia civil en una de esas fincas repletas de árboles, flores y caminitos de los del Mago de Oz. En un entorno tan bucólico era impensable no hacer discursos cursis y repartir pañuelitos. Uno de esos discursos lo iba a dar mi mejor amiga, esa que llevaba conmigo desde primaria y que había vivido cada uno de los momentos importantes de mi vida.
Es muy tímida, pero aceptó porque sabía que me hacía muchísima ilusión. Estuvo conmigo en muchos de los preparativos de la boda y, obviamente, en la despedida. No es que yo esté a favor de las americanadas, pero es verdad que hay pocas veces en las que gentes que quieres puedan ponerle el broche a tu día con unas palabras bonitas sobre vuestro tiempo juntos.
Es importante mencionar que mi mejor amiga es traductora, lectora empedernida y escritora ocasional. Cualquier cosa que fuera a decir iba a estar a la altura del Premio Planeta (sí, este “chiste” es para indignados con los arribistas). En fin, que ella hizo su discurso y, como si nada, llegó el día de la boda.
Nos vestimos juntas y parecería una exageración, pero no lo es: ella estaba más nerviosa que yo. Para mí era un día precioso, pero en petit comité, con la gente a la que quería y con todo ya muy medido. Nada que estuviera en mis manos podía salir mal.
Pero las manos de mi amiga estaban temblando y, entre foto y foto, le dio a un par de copas de champán. Y jiji-jaja. Y yo, “mira, Belén, que te sube y la liamos”. Y Belén: “¡Anda, rancia, que son un par de copillas”.
Belén tuvo que irse a la zona de la ceremonia y yo me quedé haciendo unas fotos con mis padres y hermano. Y, con el tiempo, supe que mi amiga se había estado acercando mucho a los camareros que, para paliar el calor de julio, iban acercando vinos y refrescos a los invitados. A ella le dio por el vino…
Ya en plena ceremonia, le tocaba subir a un estrado… Bueno, se podría decir más bien escalar. Estaba en esa fase de la borrachera en la que ir a cuatro patas te asegura el destino, no la integridad. Alcanzó el estrado a duras penas y el murmullo generalizado se convirtió en las sonrisas cómplices de los invitados, alguna risilla ahogada y mi cara de espanto (captada en todo su auge por los fotógrafos).
Empezó a balbucear, pero no había forma de que enlazara una frase con la siguiente. No lo hizo porque empezó a gritar: “¡Que te casas, Pili! ¡Joder, que te casas! ¡Da igual que Mario sea calvo porque te quiere con locura, como yo!”. La gente se partía de la risa y yo no sabía donde meterme. Mario se lo tomó a bien. Yo, no tanto.
La euforia derivó en un llanto a moco tendido de niña de cuatro años. Y, menos mal, otra de mis amigas subió y se la llevó. Aplausos.
Se sentó en su sitio, una silla reservada en la primera fila. Y la cosa no quedó ahí. De repente, en pleno discurso de mi cuñado (este sí, emotivo). Se oyó a grito pelado: “¡Joder! ¡Joder! ¡Nooooo!” y vomitó a lo bestia, cual niña del exorcista. Menos mal que, como estaba en primera fila, lo único que pringó fue una alfombra que había y un poco unas mesitas de madera con adornos.
Todos paralizados. Silencio absoluto. Se levantó y salió corriendo por el pasillo central. Un espectáculo.
Unos se miraban, otros se reían y yo estaba al borde del asesinato.
Cuando acabó la ceremonia apareció con el rímel corrido, el pelo hecho un nido de pájaros y un perdón repetido mil millones de veces.
Fui seca. Le dije que lo dejara, que no se preocupara. Pero no hablé con ella en toda la boda. La evité en todo momento.
Al día siguiente me escribió. Contesté que ya hablaríamos a la vuelta de la luna de miel. Y, al regresar, evité el momento. Sé que intentó evitar su timidez para hacer algo bonito por mí, pero me jodió la ceremonia y no sé qué decirle.
