A veces solo quiero aplastar mi cara. ¿Qué sentido tiene vivir sintiendo que mi rostro no me pertenece? Hay fealdades y fealdades. No soy la persona más fea del mundo, no. Ni me acerco. Pero mis rasgos faciales me dan un asco especial. A mí. Quizás a otros les parezcan más horribles otros rasgos que a mí me son indiferentes o incluso me resultan bellos. Pero a mí me duelen, me duelen de verdad. A tal punto los aborrezco que instintivamente siento un profundo rechazo hacia las personas que puedan parecerse a mí (si son mis rasgos odiados los que compartimos). Sin ningún tipo de racionalidad, sin oírles hablar siquiera; automáticamente los juzgo como estúpidos, inválidos, horrendos. Tal que si actuasen como espejos que reflejan la miseria que soy (la de mi rostro y la de mi ser, que ya en las palabras vertidas de este texto debe entreverse fácilmente sin conocerme). Pienso en cirugías, pero siento pánico. Y todo está mal. Lo siento. Igual venías a leer algo interesante o lacrimógeno o morboso y te encuentras con este repugnante detritus sin sentido. Mis más sinceras disculpas.
Parezco guapa, pero soy fea.
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