El debate es eterno y casi universal. En cualquier publicación surge la misma verdad compartida: toleramos mucho más a nuestras madres que a nuestras suegras. Las opiniones difiere , las cabezas se giran y la culpa flota en el aire. Sin embargo, no se trata de maldad ni de falta de cariño. Es una cuestión de confianza, y esta es mi opinión, y solo mía, al respecto.
En mi caso, la teoría se cumple al milímetro. Mi madre y mi suegra viven en pueblos contiguos. Si las miras de lejos, siguen el mismo patrón. Trabajadoras incansables. Dueñas de convicciones de hierro (aunque opuestos), tienen el tono de voz alto y la mecha muy corta, y un radar natural para enterarse de todo, vamos como casi cualquier madre española nacida en los 60. Están siempre ahí, las necesites o no, las quieras o no. Son, por decirlo de forma suave, muy entrometidas.
Cada una a su manera, o a veces aliadas, siempre intentan meter la nariz en nuestras vidas, mis cuñadas y hermana viven lejos y vienen pocas veces al año, mi hermano es un eterno adolescente que le da igual lo que le pase por delante o por detrás, así que nosotros, que vivimos a 40 minutos y tenemos al único nieto próximo, somos el centro de atención.
Y aquí viene el gran misterio: ¿por qué prefiero que mi hijo se quede con mis padres? ¿Por qué sus intromisiones me arañan menos la piel?
La respuesta no está en el amor, sino en las costuras de la confianza.
A mi suegra no puedo, o no debo, contestarle con el estómago. No puedo discutir con ella a gritos y pretender que volvamos a ser amigas a los dos minutos. El respeto mutuo, ese fino cristal que nos une por un marido y un hijo, me impide entrar en su cocina y tirar a la basura la comida de colores brillantes que le ha comprado al niño. No puedo devolverle una tablet que entró en casa contra mis órdenes. Con ella debo que medir las palabras, cuidar los gestos y sonreír mientras dejo caer una opinión en el aire.
Con mi madre, en cambio, las reglas del juego son distintas.
A mi madre puedo ponerle los ojos en blanco, puedo rechazarle un regalo sin que se rompa el mundo, puedo discutir con ella como si todavía fuera una adolescente rebelde, suspirar y decirle que no tiene voz ni voto, y diez minutos después, pedirle que me mande un táper de lentejas y que me lleve unos papeles a Hacienda al día siguiente.
El amor de una madre es un colchón viejo que aguanta todos los golpes. Hay una familiaridad tan honda que los límites se ponen solos, a veces con un grito, a veces con un abrazo.
A mi pareja le pasa exactamente lo mismo, pero al revés. Él puede mirar a su madre, decirle que un tema no le incumbe, y seguir cenando como si nada. Yo jamás podría cruzar esa línea con mi suegra, y sería el inicio de discusión con mi madre, aunque terminemos comiendo un helado juntas otra vez.
No somos injustas. Simplemente, con nuestras madres nos une un hilo invisible que se ha estirado y encogido durante décadas. Ha resistido tormentas.
Con nuestras suegras, tejemos una red nueva, con cuidado, para no tropezar.
Al final, no es que queramos más a una y odiemos a la otra por defecto. Es que con una jugamos en el patio de nuestra infancia, y con la otra, caminamos de puntillas por un salón de visitas.
