Cariño,
Te cuento que terminé mi doctorado hace muy poco, el agosto del año recién pasado. Antes estuve con el Magíster. Y antes, con el pregrado. En total, estuve cerca de 15 años en educación superior. Y, desde que terminé, llevo 6 meses cesante.
¿Y sabes qué? Sin intentar minimizar tus sentimientos, para nada, quisiera comentarte que esa frustración y esa rabia que llevas dentro es terriblemente natural. La viví yo (la digo viviendo, de hecho), la vivieron muchos de mis compañeros/as del programa (de hecho, tuvimos una alta tasa de deserción) y algunos seguimos viviéndola después de concluido. Algunos conviven con ello por siempre, con el síndrome del impostor y otro sinfín de cosas, que espero que tú, y yo, podamos evitar o resolver.
No sé cómo será tu caso ni el tipo de programa en el que estás, pero es habitual que los estudiantes de doctorado se sientan perdidos y desesperanzado. Y no solo en España o en un país como el mío: hay varios estudios que muestran cómo se propagan las enfermedades mentales en Universidades como Harvard. Hay muchos factores involucrados: la presión, la incertidumbre… pero también es cierto que el doctorado tiene a exigirnos varias habilidades no-cognitivas que, y no siempre nos avisan, no siempre sabemos que hacen falta, y muchos no vamos del todo preparados: la tolerancia a la frustración, la capacidad para trabajar solo, la organización de una labor enorme en tareas parciales, la capacidad de autoaprendizaje, qué se yo.
El camino del doctorado es bastante traumático, y no te asegura nada. Varios blogs hablan de las dificultades de inserción que tenemos (en todos los países). También, de cómo muchos, aunque sueñan con la carrera académica y de investigación, deben flexibilizarse para ingresar a trabajar en empresas privadas, lo que muchos sienten como un «fracaso» (no lo es), y pasa -como dice el dicho- «hasta en las mejores familias». Se habla del síndrome del impostor. Se habla de cómo «nadie es profeta en su tierra» (y yo lo vivo a diario cuando le dan cargos académicos a gente que estudió sus postgrados en universidades más malas y menos exigentes que la mía -modestia aparte- porque acá se valora en exceso todo lo que viene «del extranjero»).
Te recomiendo, como persona que pasó por algo parecido a lo tuyo, que sigue pasándolo, y que se atrasó mucho por asuntos de salud mental, que consigas ayuda profesional lo antes posible. Que te ayuden a canalizar la rabia, por ejemplo, y la ansiedad (esa eterna enemiga). En mi caso, en algún momento me daba terror ir a la universidad y dejé de poder dormir sin ayuda. Si no fuese por mi psiquiatra, mi familia, y un profesor guía fabuloso que, aunque tardó, se preocupó personalmente por mi salud, no hubiese terminado. Y claramente no lo disfruté como debí hacerlo (y me arrepiento). El mismo profesor me mencionó alguna vez que debía evaluar cuánto daño me estaba haciendo el doctorado, porque si iba a terminar totalmente enferma realmente no valía la pena… son preguntas importantes que valdría la pena responder con la compañía de un terapeuta.
Te envío un abrazo enorme. El doctorado debiese ser para ti y tu amor por la investigación y no para «asegurar futuro». La aprendí tarde, y ahora no queda más que re-significarlo.
¡Tienes tiempo para reconciliarte con él!