Hola chicas vengo a contaros la experiencia surrealista que hemos vivido en la playa estas vacaciones.
Nos hemos ido varios matrimonios con hijos, alquilamos una casita cerca del mar con piscina y plan perfecto: barbacoas, cervecitas, snorkel, paddle surf… lo típico. Pues un día decidimos ir tranquilos a la playa, niños jugando con conchas, adolescentes tomando el sol, padres leyendo y disfrutando.
De repente aparece una parejita joven y deciden ponerse justo al lado. Hasta ahí, normal. Pero la película que montaron después fue de traca. Él, mazado y en bañador mínimo, se marcaba poses, flexiones en las rocas y salida del mar en plan anuncio de colonia. Todo grabado con el móvil, claro. Ella, microbikini, bandana de seda, cada cinco minutos un selfie nuevo con morritos o lengua fuera, flus-flús con agua por el cuerpo, un par de frases a cámara como si fuera presentadora de reality, y de nuevo al móvil.
Lo fuerte: no hablaron entre ellos en toda la mañana. Ni una conversación. Solo cuando ella le untó la crema y cuando posaron juntos para una foto. Por lo demás, cada uno en su burbuja de contenido.
Nosotros estábamos flipando, los adolescentes entre risas y envidia, y los adultos con mezcla de vergüenza ajena y curiosidad científica. Al final uno de los padres del grupo se levantó, barriga cervecera al viento, y les soltó a nuestros hijos: “¿De verdad os gusta eso? Porque a mí me parece de pena. Lo que tenéis que hacer es pasarlo bien, estudiar y dejaros de tanta tontería de redes sociales.” Y se fue tan pancho a hacer snorkel. Nos levantamos todos a aplaudirle como si fuese presidente.
La cosa es: ¿estamos exagerando con el postureo de los chavales o de verdad la juventud se está perdiendo en este circo de redes sociales? Es que ver a nuestros adolescentes admirar esa actitud me dejó realmente preocupada.