Llevamos décadas luchando por la igualdad y la hemos conseguido. Tenemos el derecho a votar, a trabajar, a abortar y a pagar nuestra propia hipoteca. Pero ¿sabéis qué nos ha traído también la igualdad? Citas de mierda. Citas de 50/50 donde él ni siquiera se molesta en elegir el sitio, donde aparecer en chándal es ser natural y donde esperar un detalle caballeroso te convierte automáticamente en una interesada o una traidora al movimiento.
Nos vendieron que pagar a medias era empoderamiento. La realidad en 2026 es que estamos pagando la mitad de una cena con un tío que no ha hecho el mínimo esfuerzo por conquistarnos. La caballerosidad no era opresión. Echo de menos que un hombre sienta que tiene que ganarse mi tiempo. Si yo he tardado una hora en arreglarme, me he gastado 50€ en cremas y voy ideal, ¿de verdad me vas a pedir Bizum por 12 euros de un kebab como he leído por aquí?
El feminismo les ha dado a muchos hombres la excusa perfecta para ser vagos. Como somos iguales, ya no tengo que cortejarte. No, perdona. Una cosa es que tengamos los mismos derechos civiles y otra es que hayamos perdido el romanticismo. El cortejo tradicional (pasar a buscarte, abrirte la puerta, planear la cita) indicaba interés real.
Parece que si dices esto en voz alta te quitan el carné de feminista. ¿Es incompatible querer el derecho al voto con querer que me regalen flores porque sí?
Muchos hombres han usado nuestra lucha por la igualdad para desentenderse de su papel en la seducción. Se han vuelto cómodos, tacaños y básicos. Hemos ganado el derecho a trabajar 40 horas semanales para sobrevivir, pero hemos perdido el placer de ser cortejadas. Y si decir esto me hace ‘antigua’, quizás es que lo antiguo funcionaba mucho mejor. Ojalá encontrar gente que piense como yo, a las que me insulten no voy a responder.
