No se en vuestra oficina pero en la mía siempre hay movidas y una de ellas fue la sanción de Pepe, histórica. Todo empezó un martes cualquiera, en los que el café sabe a resignación.
Pepe, conserje de toda la vida, llevaba más de 25 años saludando a todo el mundo con confianza y despiste. Era de los que preguntaban “¿qué tal los niños?” a personas sin hijos. El pobre es un cacho de pan, pero un bocachanclas de cuidado.
A media mañana llegó una chica nueva al departamento, la cual sería nuestra nueva superior, nadie sabía mucho de ella, solo que había pedido el traslado desde otra sede y parecía una persona muy seria, de las que te atraviesan con la mirada. Nos estábamos presentando uno a uno mientras ella continuaba manteniendo su postura seria y formal, sin ninguna expresión familiar en su cara. Pepe, en su línea, vio una oportunidad para quedar bien. Se acercó con su mejor sonrisa y soltó la frase que cambiaría su carrera profesional.
—¡Hombre, enhorabuena! ¿Para cuándo?
Silencio.
No era un silencio normal, era incómodo, de los que logras escuchar como la impresora se atasca de nuevo.
La chica lo miró, primero confundida, después horrorizada y finalmente con una calma que daba más miedo que mi madre con la chancla en la mano. Le miró como haciendo una radiografía.
—¿Perdona?
En lugar de retirarse con dignidad, Pepe todavía cavó más hondo.
—Sí mujer, por el bebé —dijo señalando su barriga.
El silencio ahora tenía eco.
Alguien dejó caer un bolígrafo. Otro fingió una llamada urgente con el teléfono apagado. En ese momento Pepe aún no había notado el error, pero todos los demás allí presentes empezamos a sentir que algo no iba bien, como cuando saludas a alguien en la calle y no te devuelve el saludo… pero multiplicado por mil.
—No estoy embarazada.
Pepe pasó por todas las fases: negación, duda, pánico y finalmente, la aceptación de que había metido la pata hasta el fondo.
Intentó arreglarlo. Grave error.
—Bueno… eh… es que… parecía… o sea…
A partir de ahí, la escena se volvió casi surrealista. El jefe apareció como si lo hubiese invocado el nivel de incomodidad ambiental, y en menos de diez minutos Pepe estaba en una sala de reuniones, sudando como si hubiese corrido una maratón.
La sanción fue rápida, dos cursos obligatorios de “Atención al cliente y calidad de servicio” y “Habilidades y técnicas de comunicación”, tres días sin empleo y sueldo y, según rumores, la prohibición explícita de no hacer comentarios sobre cualquier parte del cuerpo ajeno.
Desde entonces, Pepe ha cambiado. Ahora saluda con un prudente “buenos días” y como mucho se atreve a comentar el tiempo… pero con cautela.
—Parece que va a llover… aunque igual no, eh? No quiero asumir nada.
En la oficina, cada vez que entra alguien nuevo, se hace un silencio expectante… no por la persona, sino por ver si Pepe respira hondo y se limita a decir:
—Encantado. Sin más comentarios. Tenga un buen día.
