Reproducimos texto enviado por una seguidora a [email protected]
Todos tenemos una amiga que no sabe estar soltera y que va encadenando una relación detrás de otra y si no la tienes, como diría la Vecina Rubia, es que eres tú. En mi caso sí que la conozco. Es mi cuñada, Andrea, y llevaba 4 años en una relación a distancia con un hombre de su edad que nunca llegamos a conocer más de un par de cervezas pero que ya solo con eso y con las cosas que ella nos contaba parecía ser una red flag con patas. Pero, en cualquier caso, Andrea era también esa clase de persona que la ves y dices “nadie al volante”. Al principio parecía ser una persona muy segura de sí misma y bastante convencida de que Rafa (así se llamaba el ex novio número 1) era el amor de su vida. Cada fin de semana que tenía libre, iba a verlo a su ciudad, que estaba a 3 horas en coche. Ni que decir tiene que él nunca pisó su casa. En 4 años de relación solo vino a verla en dos ocasiones, que fueron las que pudimos conocerlo. Ya ese detalle demuestra, muy a simple vista, que el interés no era recíproco. En alguna ocasión, su hermano y yo le dejamos caer algún comentario al respecto a ver qué opinaba ella, pero nos cortó rápidamente diciendo que ella prefería ir porque allí tenían la playa cerca, que su objetivo a corto plazo era mudarse con él.
Tanto era así que acabaron alquilando un apartamento que pagaban a medias y al que ella solo iba de viernes por la tarde que salía de trabajar a lunes por la mañana que se volvía. Aquello era absolutamente demencial, estaba pagando dos alquileres solo por ver al titi que no movía un dedo por verla a ella. Pero cualquier comentario que pudieras hacerle lo tomaba como un ataque a punta de cuchillo, así que, poco a poco, pasamos a mantenernos en un perfil bajo con ella. Sabíamos que no estaba tomando unas decisiones muy adecuadas pero era su vida y, como adulta que era, tenía la capacidad de elegir lo que quisiera.
Un jueves por la tarde recibí un mensaje suyo muy angustiada porque Rafa la había dejado por un mensaje de WhatsApp. No había sido capaz de esperar al viernes y decírselo en persona. Terminó 4 años de relación por un maldito mensaje de WhatsApp de dos frases que terminaban deseándole lo mejor y mandándole un abrazo. Apenas habían llegado a “convivir” más de un mes o, mejor dicho, 4 fines de semana seguidos. A todas luces había gato encerrado ahí, pero no llegamos a saber nada porque a Andrea el luto le duró, literalmente, ese fin de semana. Tres días después, como Jesucristo, resucitó, pero con un perfil de Tinder ya echando humo.
Quedaba cada día con uno o dos titis diferentes, a cada cual más esperpéntico. Parecían el elenco de asistentes de los cursos de la DGT de recuperación de puntos. Al principio nos chocó pero, sin atrevernos a juzgarla, un día hablando con ella le dije que bueno, estaban bien para echar el rato si le servía para despejarse, pero que era conveniente que se centrase en conectar con ella misma y no se enganchara de nuevo a cualquiera con tal de no afrontar el estar sola un tiempo. Pero Andrea ya estaba pensando en que el maromo de turno quería ser padre y, de repente, a ella le había nacido en su interior un instinto maternal que ni Verdelís. Empezamos a preocuparnos por ella, que empezó a salir con un tío diferente cada mes. Todos eran el amor de su vida. TODOS. La “relación” terminaba cuando el chaval se cansaba y se buscaba a otra nueva con la que había hecho match. Lo máximo que le duraban eran 7 meses.
Hasta que llegó Jorge. Jorge parecía venir directamente de la Isla de las Tentaciones. Alto, moreno, corte de pelo degradado, camisa de flores y bermudas. Un viceverso de manual. En todo momento creíamos que era uno como los demás, pero este fue más allá. Empezaron a quedar en el mes de mayo, en junio se estaban mudando a un piso. Bueno, se mudó ella porque a él se le ocurrió la gran idea de que si se iba de su piso que compartía con algunas amigas a otro en el que viviera sola (muy por encima de sus posibilidades), podrían pasar más tiempo juntos. En julio estaban preparando un viaje a Japón juntos durante un mes y, como os podréis imaginar, pagaba ella, igual que la renta del piso al que se había mudado. Spoiler: salió mal. De repente él prefería no ir al piso de ella porque extrañaba mucho su cama y estaba más a gusto en casa de sus padres, y, casualmente, cuando volvieron del viaje por Japón durante 30 días con todas sus noches, él, de repente, empezó a tener dudas de si verdaderamente querían lo mismo. Y así fue como, en septiembre, Andrea estaba de nuevo en el mercado sin pasar por el duelo nuevamente. La dinámica que había tomado no podía ser más tóxica.
No era capaz de estar sola más de una semana, necesitaba la validación constante de cualquier hombre que le diese unas migajas de pan. Y la desesperación, amigas mías, solo trae a gente que se aprovecha de la situación. Pero en el momento en que intentabas decirle algo se iba alejando cada vez más. Así que la dejamos hacer a su modo, intentando estar para cuando nos llamase, pero la realidad es que, como era de esperar, ha conocido a un nuevo chaval que vive a 200 km de casa y se ha mudado con él porque, nuevamente, ha conocido al amor de su vida y, oh no, sorpresa, ha venido a visitarnos hace un par de semanas y nos ha contado que están buscando bebé. La verdad que la situación no puede ser más surrealista. Estamos verdaderamente preocupados.
No sabemos qué hacer porque es adulta, pero ¿algún consejo por aquí?
