Lo de seguirlos en redes ya era suficientemente agotador antes del viaje porque son de los que lo documentan todo, cada cena, cada atardecer, cada «momento», siempre con el pie de foto de lo afortunados que son de tenerse el uno al otro y de lo que disfrutan la vida juntos y todo ese repertorio que ya de por sí te genera una cosa rara cuando los ves en persona y la realidad no termina de cuadrar del todo con el feed.
Pero esto ha sido otro nivel.
La primera noche pensamos que había sido una discusión puntual de esas que tienen todas las parejas, el cansancio del viaje, el estrés de organizar todo, le dimos el beneficio de la duda y no dijimos nada porque tampoco era plan de montar nada el primer día y con copas de por medio y tal y cual. La segunda noche los gritos eran suficientemente altos como para que los escucháramos desde el salón mientras intentábamos ver una película y nadie decía nada pero todos mirábamos la pantalla sin ver nada porque era imposible no estar pendiente de lo que pasaba al otro lado de la pared. Esta mañana han bajado a desayunar como si no hubiera pasado nada, ella con una sonrisa de todo bien y él con esa energía tensa de alguien que está haciendo un esfuerzo enorme por parecer normal, y cuando alguien del grupo les preguntó que qué tal habían dormido dijeron que genial y que la casa era una maravilla.
Genial.

Nadie ha dicho nada todavía porque nadie sabe muy bien qué decir ni si es su lugar decirlo pero hay momentos en que los gritos suben tanto que alguna del grupo me mira y yo la miro y las dos pensamos lo mismo sin decirlo que es si hay que llamar a la puerta o dejar estar o qué se hace exactamente cuando algo que está pasando detrás de una puerta cerrada empieza a sonar como algo que no debería quedarse solo detrás de una puerta cerrada.
Nos quedan dos días de viaje y esta tarde han subido una foto de los dos en el jardín con el pie de foto de siempre.
Nuestra amiga es la que más grita y le ha llegado a insultar, por lo que no sabemos muy bien cçomo abordar esto.