Cuando mi hermana me dijo que se casaba, no tuve ninguna duda de que yo le organizaría la despedida de soltera. Nos llevamos muy poco y estamos muy unidas. Cada una tenemos nuestras amigas, pero conocemos bien a las amigas de la otra.
Sabiendo cómo es, le pedí una lista de amigas que quería que estuvieran en la despedida y hasta me hizo indicaciones de quiénes no podían faltar. No era un grupo grande, solo cuatro amigas que me caían muy bien todas, así que pensé que sería sencillo de organizar.
Creé un grupo de WhatsApp y empecé con propuestas e ideas locas. En nada estaban todas opinando y ayudando. Decidimos que fuera un fin de semana fuera; cuadramos el destino para que viniera bien a los diferentes sitios donde vivimos cada una.
La fecha, que me preocupaba especialmente, fue fácil de elegir. Pusimos agendas en común y encajamos un finde que nos venía bien a todas.
Lo siguiente era buscar alojamiento y después pensar planes.
Busqué varias alternativas con varios precios, más divinas, más básicas, más cómodas, más apretadas. Se las mandé todas y parecía que el dinero no era un problema: el más divino, cómodo y perfecto. Les dije que reservaba y dijeron que sí. Listo, una cosa menos.
Como había margen de tiempo, dejamos el tema un poco tranquilo; pensé que los planes, compra y demás, mejor cuando la fecha estuviera más cerca.
Me dediqué a pensar posibles disfraces, restaurantes y actividades para que fueran más fáciles las decisiones. Cuando faltaba un mes, escribí en el grupo. La sorpresa fue que una de las chicas me respondió que no iba a poder ir, que le había surgido un curso del trabajo y no lo podía cambiar. Antes de que me diera tiempo a responder, escribió otra diciendo que tampoco iba a poder, que tenía un compromiso.
Me quedé un poco desilusionada; pasamos de ser una despedida de la novia y cinco amigas a la novia y tres amigas, contando conmigo. Me daba pena por mi hermana, pero entendía que ya no se podía hacer nada.
El problema fue que empezaron a decir que querían que les devolviera el dinero del alojamiento, que no había sido barato. Pero, claro, la reserva era sin cancelación. Así que se lo dije muy educadamente: que ya no podíamos cancelar y que lo sentía, pero no iba a devolverles el dinero. Solo habían puesto dinero para eso, el resto estaba pendiente de comprar.
Una de ellas lo entendió y simplemente se lamentó por perderse la despedida. Pero la otra empezó a decir que ella no sabía que era sin cancelación, que si no iba, quería su dinero. Dudé, no quería conflictos, pero ella no tenía razón. Se me adelantó otra de las chicas diciendo que ella no iba a pagar los imprevistos de las otras, que no era su culpa. Se pusieron a discutir por WhatsApp y la cosa iba subiendo de nivel. Hasta que la que no iba a la despedida se salió del grupo sin despedirse. Fue una situación un poco incómoda.
No sabía si contárselo a mi hermana en ese momento, pero pensé que era mejor que después de la despedida. Con toda la organización de la boda, estaba viendo poco a sus amigas.
La despedida salió muy bien, mi hermana disfrutó mucho y fue un finde especial. A la vuelta le conté lo que pasó con sus dos amigas que habían faltado. Les mandó un mensaje para decirles que las había echado de menos. Una respondió que había sido una pena no ir. La otra, la del conflicto, respondió diciendo que no iba a poder ir a la boda. Sin justificar, sin excusas, simplemente que no iría.
Mi hermana se ha quedado preocupada y yo también. Sé que no me culpa, pero las dos sabemos que es por la despedida. La ha llamado varias veces, pero no le coge el teléfono. Va a dejar que pase la boda y volverá a intentarlo. Aunque yo creo que no merece la pena y ha demostrado que no es una amiga de verdad.