Tenía 19 años. Pero no unos 19 como los de ahora, sino los de hace 20 años: con la autoestima inestable y la inocencia intacta.
Una tarde de compras con las amigas conocí a Jose. Tan rubio, tan guapo, tan de ojos azules, tan chulito… que para mis hormonas descontroladas fue como un caramelo. Me enamoré cuando él ni siquiera sabía que yo existía.
Tenía la mezcla perfecta entre guapo y mujeriego.
Cuando se enteró de que yo bebía los vientos por él, empezamos un lío. De esos que tú te imaginas ya la boda y los hijos, mientras él te manda un SMS diciendo “buenas noches, preciosa”… y a tres más “te echo de menos, bonita”.
Y como era previsible para todos —menos para mí—, me abandonó. Como se abandonan unos zapatos viejos. Me rompió las gafas de ver de lejos, borró su reflejo de mi espejo. Y yo lloré varias tardes… y unas semanas más cuando lo vi con otra. Porque Jose, como buen Casanova, no se escondía. A veces incluso me miraba mientras le metía la lengua hasta la campanilla a otra tonta como yo.
Pues bien: pasan 20 años. Dos décadas. 7.300 días —bisiestos aparte—. Yo con la vida montada, un marido que quita el hipo, dos hijos maravillosos… y una tarde, que había quedado con mi hermana a tomar algo, aparece con Jose.
Jose. Con 20 años más, pero igual de guapo. La misma cara de pícaro, pero ahora con canas en su pelo rubio y unas patas de gallo que le quedaban cojonudas.
Me quedo más tiesa que el palo de una escoba.
Él al principio no me reconoce. Se acerca a darme dos besos y yo suelto:
—Vaya cosas tiene la vida.
Entonces me mira y se queda más tieso que yo.
No sé si ha cambiado. O si sigue siendo el mismo Casanova que me dejó tirada por dos camareras del Rumbo, una colegiala del Pilar y 325 chicas más.
¿Se lo cuento a mi hermana? ¿Hago como si nada?
De momento estoy esperando a ver cómo se desarrolla la cosa… y me río cada vez que él suelta:
—Yo nunca engañaría a alguien que quiero.
…mientras me mira como si no me hubiese usado como un pañuelo lleno de mocos.
