Siempre supe que quería ser enfermera. Desde bien pequeña. No sé muy bien por qué, pero era lo que quería ser. Supongo que me preocupaba por el dolor ajeno y quería consolar y ayudar a soportarlo, porque me parecía algo totalmente injusto e innecesario. Me pasaba con los animales, con mis amigos… Era ver llorar a alguien y necesitar ir a darle consuelo.
Así que cuando tuve que escoger carrera, lo tuve muy claro. Enfermería. Porque era totalmente vocacional. Cuando conseguí plaza fija en el hospital en el que había hecho las prácticas, me sentí realizada y fui completamente feliz.
Fueron pasando los años. Me enamoré de un compañero de trabajo, fisioterapeuta en el mismo hospital que yo. Nos casamos y hemos tenido dos hijos maravillosos. Y aunque amo a mi familia y vivo por mi trabajo, estoy llegando a un punto en el que mi vida me está superando y me está pasando factura.
La conciliación familiar y laboral resulta difícil en muchos trabajos, pero cuando tu puesto es presencial cien por cien y tu turno incluye fines de semana, guardias y cambios de cuadrantes de última hora para cubrir bajas, se vuelve prácticamente imposible.
No me atrevo a decirlo en voz alta, pero la verdad es que tengo un sentimiento de insatisfacción permanente, mezclado con culpabilidad, por no poder conciliar mi vida laboral con mi vida familiar. Y creo que me está afectando tanto física como mentalmente.
Coincido súper poco con mi marido, que está casi en la misma situación laboral que yo, y esto está repercutiendo en nuestra relación. De quedar con los amigos, ya ni hablamos. Y noto que últimamente mi rendimiento laboral está bajando de una manera alarmante. Cometo errores y olvidos de principiante que, aunque no son graves, me preocupan. Yo siempre he sido muy fiable en mi trabajo. Estoy dejando de ser yo.
Pero es que claro, cómo negarte a los cambios de coordinación cuando sabes que falta siempre personal, con la escasez de enfermeras que hay. Los pacientes no tienen culpa ninguna y acabas aceptando cambios de turnos imprevistos y cuadrantes que se entregan casi sin antelación por no tener cargo de conciencia.
Hace tiempo me planteé pedir reducción de jornada o una excedencia, mientras mis hijos eran bebés. Pero cuando se lo comenté a mi coordinadora me rogó que no lo hiciese, porque la planta en la que estoy se iba a ir a pique sin mí. Estuvimos a punto de ponernos a llorar las dos, y al final, seguí con mi jornada habitual. Diréis que fue un chantaje emocional en toda regla, pero la verdad es que con la falta de profesionales que hay, hubiese sido un marrón para los que se quedaban.
Pero estoy llegando a punto en el que me estoy planteando renunciar directamente a mi trabajo. A mi vocación. Algo impensable para mi yo veinteañera. Una traición a esa chica y sus sueños. Pero es que cuando ves que desde Dirección están priorizando el ahorro económico y la productividad por encima de las personas, afectando tanto a profesionales como a pacientes, te dan ganas de mandarlo todo a paseo y priorizarte tú como persona.
Pero me parece tan injusto verme literalmente obligada a renunicar…
