En general, no me ha tocado una mala familia. Viendo otras, pienso que tuve suerte. Pero es innegable que crecí en ambientes tóxicos y con muy baja autoestima por como se me trataba. Incluso aunque se pueda explicar por el contexto: Mis padres me tuvieron con 20 y 25 años. Unos críos prácticamente que no tenían casa propia, ni trabajos… Ni siquiera fui planeada. Y viendolo ahora en retrospectiva, seguían siendo muy adolescentes y muy inmaduros cuando me tuvieron, lo que los llevó a hacer muchas cosas mal. Sin querer, pero lo hicieron. La mentalidad antigua y machista de ese entonces (soy del 96) tampoco ayudó. Se me forzó desde pequeña a ser básicamente la chacha de la casa. La primera excusa fue que lo tenía que hacer porque era la mayor. Cuando mi hermano mediano tuvo la misma edad a la que me empezaron a sobrecargar de trabajo y a él le dejaban tocarse los cojones, la excusa pasó a «los niños no hacen esas cosas».
Mi madre no sabía comunicarse. En absoluto. Recuerdo que era bastante inestable y explosiva. Podías encontrartela tan normal y pasando un buen rato contigo, y de repente explotaba: Gritos, gruñidos, quejas, críticas… Todo en un momento. Los buenos ratitos le duraban nada y menos. Recuerdo toda la ansiedad constante que sentía con ella (aunque en esa época no la sabía identificar). Tenía que andarme con pies de plomo constantemente. Si algo no le gustaba, no te lo decía: Se quejaba en voz alta asegurándose de que la oyeras y soltaba indirectas. Y si no lo pillabas o no adivinabas que quería, te montaba unos pollos que flipas. Me daba mucho miedo cuando estaba así. Nunca me levantó la mano, pero psicológicamente, me tenía fatal. Estaba siempre con ansiedad y muy alerta por si necesitaba algo. Me anticipaba a todo lo que quería. Si me pedía algo, tenía que hacerlo al momento y sin rechistar. Las pocas veces que intenté poner límites y decirle que no, que tenía vida más allá y que en casa éramos 5 como para que todo fuera a mí… De nuevo los gritos, las críticas, las comparaciones («las mamás de tus amigas les mandan algo y lo hacen, no se quejan»). Cuando ya me tenía agotada acababa diciéndole que sí, para que luego me dijera, «no, ya no», y me dejara sintiéndome super culpable. Para evitarlo, simplemente dejé de intentar hacer nada. Solo obedecía.
Otra cosa que me dolía mucho eran sus formas de reñirme. No la recuerdo nunca viniendo a hablar conmigo de buenas o neutralmente cuando hacía algo mal (muchas veces por error, acordes a mi edad de ese momento). No me explicaba por qué eso estaba mal. No sabía muchas veces por qué estaba enfadada conmigo; solo recuerdo esos gritos y críticas. Una de sus formas de castigarme era cogiendo Cds o Dvds que tenía y los tiraba y pisoteaba delante de mí. A veces solo eran las carátulas, pero para asustarme lo hacía igual. Tenía una pésima (o nula) gestión emocional y de sus cabreos. Saltaba a la más mínima, con cosas como que me dejara a cargo de limpiar toda la casa con 12-15 años, que yo lo hiciera y la dejara inmaculada y aun así montarme un pollo enorme porque sin querer había dejado los paños del sofá más largos por un sitio que por otro. Una reacción totalmente fuera de lugar para lo que eso era, y ni un solo «gracias». Solo se fijaba en lo malo, por pequeño que fuera. Con lo fácil que hubiera sido un «Uy, aquí no están muy bien, te enseño a ponerlos», y ya está…
Luego encima se quejaba de que yo tuviera baja autoestima. Se la achacaba a mis problemas de bullying en el colegio e instituto (que darían para otro post), pero no veía que era ella la que me tenía fatal en casa. No estaba tranquila y en paz en ningún sitio. Además, sin quererlo, ella misma propició que yo no supiera defenderme: Al no permitirme en casa poner límites y defenderme de abusos, no supe hacerlo después. Indefensión aprendida como una catedral.
A los 15 yo estaba deprimida. No sabía identificarlo en ese entonces, pero hablándolo con mi psicóloga me lo confirmó. No quería salir, no tenía ilusión por nada, muchos días me los pasaba durmiendo para evadirme… Recuerdo a mi madre viéndome acostada en mi cuarto y quejándose con sus «Otra vez acostada. Vaya manera de desperdiciar tu vida». De nuevo, habría sido tan fácil simplemente preguntarme cómo estaba, sin criticar y sin saltar…
Lo más gracioso es que una vez que me quejé de sus malos modos dijo que lo hacía por mi bien. Para que me diera rabia y esa rabia me hiciera reaccionar para demostrarle que se equivocaba. Que su intención era la de «motivarme». Solo consiguió deprimirme y que tuviera la ansiedad por las nubes. Y un TCA, ya que la única forma de lidiar con toda la mierda fue a base de atracones. Que luego me criticara por mi peso no ayudó. Y es contradictorio: Ella siempre ha estado gorda (es como el peso «estándar» de las mujeres de la familia). Lo heredé de ella, que siempre dijo que era una gorda sin complejos… Pero intentó evitar a toda costa que yo estuviese gorda.
En general, sus críticas a mi físico no tenían sentido. Siempre se quejó de que yo no me «arreglara», que no fuera muy «femenina», que no me gustara especialmente maquillarme, los tacones… Y no tenían sentido porque ella misma es la «oveja negra» de su familia en ese aspecto: La que viste de negro, la que tiene tatuajes, la que no usó faldas, tacones ni maquillaje nunca… Siempre presumió de ser diferente y hacer lo que le daba la gana, y sin embargo, a mí sí me reñía por no ser más «femenina» ni que me llamara la atención «arreglarme»… De verdad que no lo entiendo.
Uno de sus feos más fuertes fue cuando se deshizo de algo muy querido para mí a mis espaldas. Tuve suerte de conocer los últimos años de las antiguas cintas de vídeo Vhs. Teníamos una colección enorme, y todavía las podíamos ver. Y cuando ya no y pasamos al Dvd, me gustaba conservarlas (siempre he sido muy fan de lo retro) y me traían recuerdos. En una mudanza que tuvimos, me enteré de que las había regalado. Solo guardó una o dos suyas y el resto las regaló. Sin avisar ni decirme nada. También eran mías, y que no me tuviera en cuenta me dolió mucho. Ya no solo por lo material (había un par de ellas que eran grabaciones caseras nuestras, de cumpleaños y así), es por esa falta de consideración. Muchas de ellas fueron de un regalo de mis padres de los que más ilusión me hizo más pequeña: Una colección de cuentos de Disney, y cada uno tenía su correspondiente Vhs. Los amaba, y eso tampoco le importó. Cuando se lo eché en cara me dijo que eran un tiesto, que ya no le servían, que por qué tanto drama si me las podía descargar… Es que no es por las películas…
Fueron muchas cositas así, año tras año. Yo era una niña muy buena. Más allá de lo pasiva que estaba por cómo me forzaron a ser, yo era muy tranquila. No les daba guerra, ni siquiera de adolescente. No me metía en líos, no fumé nunca, no bebía, tenía buenas notas a pesar de la situación de bullying.. Y aun así, se me trataba muy mal. Es como si yo solo contara para hacer las cosas en casa o para presumir de mis notas o de «buena hija». Para el resto, no se respetaba mi tiempo, ni mi opinión… Y a mi hermano el mediano, que sí que ha sido siempre un poco cafre, se le ha mimado y tenido entre algodones hasta la saciedad. Por ejemplo, las pocas veces que le pedí ir a mi madre a un psicólogo dijo que no, que no me pasaba nada, que todos tenían ansiedad de vez en cuando… Pero en cuanto él dijo que quería ir le faltó tiempo para llevarlo. Entre otras cositas sumadas al hecho de que, por ser un tío, no le oligaron nunca a colaborar en casa. Lo hace ahora con 22 años y porque no les quedó más remedio (mis dos padres trabajan fuera y yo me mudé fuera del país en cuanto pude). Y siento que ha tenido un trato de mis padres que no se merece. Soy yo la que se ha sobrecargado de trabajo, la que renunció a su tiempo, estudios y hobbies para tener contenta a la familia, la que se comió reuniones de colegio, de médicos y otros asuntos que no me tocaban, la que ha dado y dado sin recibir ni un «gracias»… Y siguen sin valorarlo, y a él se lo han puesto todo en bandeja porque «mi niño, el pobre» (?). Él ha conocido a una madre muchísimo más permisiva, cero estricta y exigente.
Después de todo lo que me han pedido a lo largo de los años, uno pensaría que al menos me devolverían el favor ahora, pero no. Me decepcioné mucho cuando hace no mucho le pedí a mi padre por WhatsApp si podía por favor recoger un paquete para mi cuando yo no podía. La tienda donde se había dejado está a menos de cinco minutos de casa y no tenía ni que bajarse de la acera… No quiso ir. Ya no porque no pudiera, solo no le apetecía. Y cerré el chat. No le dije nada pero lo pensaba: «Toda mi vida siendo vuestra chacha y resolviendoos todos los problemas al momento, para que luego tú no puedas ser capaz de hacerme un favor rápido para el que no tienes ni que bajarte de la acera». No es justo.
Y aun así, intento entenderlos. He hablado mucho de ellos en terapia. Una llega a entender que son básicamente unos críos estancados en esas edades porque nunca supieron lidiar con sus propios traumas, pero eso no hace que joda menos. Cuando veo esa diferencia abismal de trato entre a mi hermano y a mi, siento que han estado mimando al hijo equivocado. Que soy yo la que se merecía algo más y mejor de ellos. Y quiero mucho a mis hermanos, eh? Sé que son otras víctimas de sus malas crianzas, pero así me he sentido siempre en mi familia: Infravalorada.