Uno de los pasos más duros para mí a la hora de convertirme en madre es el de dejar mi papel de mujer a un lado. Lo sé, no debería ser así, pero hay veces en las que ser “la madre de…” es una realidad impuesta. Me explico. Llegas al pediatra y eres la mamá. De hecho, mi pediatra siempre dice: “Mamá (o papá), ¿emite ya oraciones sencillas?” y ya dejo de ser yo, Ana. Luego vas a la Escuela Infantil, que no a la guardería, pero allí tú no eres Ana, eres la mamá de Julia. Y en la puerta, con los padres, pasa lo mismo.
Bueno, eso lo asumí. Mi problema es que el papel de mujer también ha quedado relegado a un segundo plano con mi marido. Antes yo era su princesa, su enana, su gusana, su bicho… Y ahora es Julia la que ha pasado a ser todo eso y yo a ser simplemente Ana. Parece el nombre de una novela trágica del siglo XIX, casi como Fortunata y Jacinta. Yo, simplemente Ana. Pues no me gusta. Me encantaría que nuestra hija fuera su princesa y mi puesto, en vez de ser el de la institutriz, fuese el de la reina.
Algunas pensaréis que es una niñería y fruto de unos celos infundados y puede que sea así. Pero es como me siento y vengo aquí a soltarlo. Supongo que alguna más tendrá esta sensación, pero, como en mi caso, hay cierto pavor conservador a decirlo: no es bueno tener celos de los hijos, aunque eso no quiere decir que no se puedan tener.
¿Por qué no lo he hablado con mi marido? Precisamente por ese pudor. Parece algo irracional el tener celos de tus hijos, es decir, como padres siempre cedemos el paso y con ello renunciamos a muchas cosas. Pero a lo que me niego es a olvidar mi puesto de mujer, entendido como esposa, cónyuge, pareja de hecho o como queráis etiquetarlo.
Desde que ha nacido mi hija puedo contar con los dedos de las manos las veces que mi marido me ha dicho lo guapa que estoy o que me ha buscado con romanticismo y no con necesidad. Sí, puede que sea un problema de pareja y que no derive de nuestra hija… ¡Pero es que antes no era así!
Precisamente es un sincericidio decirlo y para mí también ha sido el aceptarlo: quiero a mi hija con toda mi alma, pero necesito recobrar mi espacio. Lo he intentado, no lo creáis, pidiéndoles a mis suegros y a mis padres que se queden con la niña algún día suelto para pasar tiempo a solas y recobrar ese romanticismo. Pero no ha habido forma: cada vez que le sugiero a mi marido que alguien se quede con la niña para pasar nosotros tiempo a solas me dice que para qué necesitamos que alguien esté con ella, pudiendo estar con sus padres.
Lo logré una vez. Una noche la niña la pasó en casa de mis suegros. Le dije a mi marido que qué le parecía que nos fuéramos a cenar y luego a casa a ver una peli. El resultado fue una pizza en casa, media película, un polvo rápido y doce (benditas) horas de sueño ininterrumpido.
Pero cero romanticismo, y mira que lo intenté: lencería nueva, insinuaciones, cariñitos por aquí y por allá…
Lo que creo es que hemos intercambiado papeles. Llamadme machista, pero creo que yo soy el hombre y él la mujer. Él es la madre abnegada y yo el padre deseoso de seguir siendo macho alfa. Y, lo que no sé ya, es si esto es de terapia, de medicina en general o de lógica aplastante. Y por eso todavía no tengo claro cómo actuar: seré yo, será él o no será nada y pasará…
