En esta vida hay dos tipos de personas. Las que saben desenvolverse perfectamente en momentos incómodos y luego estoy yo, que sólo me falta cagarme encima cada vez que tengo que fingir normalidad en situaciones complicadas. Aún sigo sin entender qué clase de enajenación mental sufrió mi novio el día que conocí a mis suegros y decidió que sería
una idea fantástica no avisarme a mí, acérrima defensora de los animales, de que su padre era un apasionado de la caza.
Allí que me planté yo, ingenua de mí, creyendo que sería una tarde de lo más normal, sin saber que me estaba metiendo en la boca del lobo. Después de hacer las presentaciones oficiales y tomar un café, yo pensaba que la cosa iba súper bien, que todo fluía y que mis suegros y yo congeniábamos la mar de bien. Pero, ay, amiguis…todo cambió cuando a mi suegra de repente le poseyó el espíritu de la Preysler y quiso enseñarme el resto de la
casa. Y entonces llegamos al comedor.¡Mátame camión! La cara de gilipollas que se me quedó fue épica. Por un momento creí que me había colado en un decorado de Jumanji. Cornamentas varias colgadas de las paredes, escopetas, colecciones de balas, patas de ciervo a modo de perchero… Menudo cuadro.
Ahí estaba yo, más tensa que Eduardo Manostijeras poniéndose las lentillas, esperando a que en cualquier momento entrase el tío de la Matanza de Texas por la puerta con su motosierra para cortarme una mano y hacerle a mi suegro un posavasos o qué sé yo. Pero es que ahí no acaba la cosa, porque lejos de sentirse incómodos con mi reacción (yo intenté disimular, lo juro, pero mi cara aquel día tenía subtítulos), para más inri, me di cuenta de que allí la rara era yo. Tócate los huevos, Mari Loli. Aquella gente estaba extrañadísima por el simple hecho de verme flipar a mi. En plan, «¿cuál es la movida, cari?» Como si el problema lo tuviese yo, como si todo el mundo decorase las paredes de su casa con cadáveres de animales, como si los cuernos de ciervo fuesen ahora el nuevo gotelé.
Y ahora qué digo, pensé. Mi cabeza trabaja a toda prisa, quería poder decir cualquier cosa que me sacara de aquel atolladero. Pero como he dicho antes, no me caracterizo precisamente por mi capacidad para reaccionar bien en situaciones violentas. De verdad, y legados a ese punto yo sólo deseaba mimetizarme con el ambiente y hacerme la muerta como un bicho bola hasta que todo el mundo se hubiese ido. Pero la parte de mí que no estaba loca optó por la supervivencia, así que intenté disimular lo mejor que pude mi cara de quiero desaparecer right now, fingiendo que veía estupendo lo de asesinar animales por hobby. Eso sí, se me escapó una risita incómoda y yo di gracias al cielo por que hubiese sido una risita y no un pedo de puros nervios. Contra todo pronóstico, mi suegro interpretó aquella especie de carcajada como un gesto de aprobación y yo preferí no sacarle de su error.
Vamos a ver, que nadie me eche a los leones. Está claro que no me siento orgullosa de haber dilapidado mis principios, porque a ninguna nos gusta mentir, pero reconozcámoslo, amigas, a todas nos mola caerle bien a los suegros y más la primera vez. Quiero dejar claro que yo sigo siendo animalista a tope, pero igual sacar a relucir el tema de la decoración rollo Jara y Sedal tan sólo cinco minutos después de haber conocido a mi familia política, era demasiado pronto. Aquel día me decanté por quitar hierro al asunto y dejarlo correr, total, ya tendría tiempo de decirle a mi suegro cuatro cosas más adelante.
Por suerte, mi relación con el padre de mi chico continúa viento en popa a toda vela. Si algo hemos aprendido de todo esto es a aceptarnos el uno al otro, con nuestros más y nuestros menos. Eso sí, él ya sabe qué opino de la caza y de sus cuestionables gustos decorativos, más que nada porque ya hay confianza de sobra y se lo recuerdo cada vez que puedo.