A estas alturas de mi vida, acepto la opinión ajena: pues sí, seré rara.
Soy rara por pensar que eso de «ay sí mujer, a mí me cae bien pero tienes sus cosas», y lanzar una opinión de lo que tu amiga hace, es innecesario.
Porque a mí me enseñaron que no se habla de quién no está delante, que a los amigos no se les juzga y que las verdades hay que decirlas aunque duelan. ¿Que a tu amiga la está engañando el novio? Pues se lo dices.
Soy rara porque no piso ni interrumpo a la gente cuando habla, de manera que permanezco callada más de lo que quiero.
Soy rara por no tirarme hablando 45 minutos sin parar de mi viaje a Roma con mi sobrina, y más lo soy porque yo no criticaría a una chavala de 18 años, tremenda rajada por Dios, ¿que te da pena porque es culpa de los padres? Estoy segura de que en el fondo sí, pero de que te has portado mal con ella también.
Soy rara porque me siento como una oyente en la vida de la gente que tras el soliloquio romano de 45 minutos, te levantes y me digas «ya nos podemos ir», porque así no se trata a las amigas.
Soy rara porque no cuento nada de mi vida, pero es que si me dejan hablar, y cuando lo hago, giran la cabeza, miran el móvil, se ponen a quitar una foto..»sigue, te estoy escuchando».
Soy rara porque me dicen «voy a ir al bar de al lado de mi casa a tomar un café con mi madre, mi tía y mi abuela, vente», todos los días y yo no quiero. No le hago ascos por la edad, no, simplemente me apetece rodearme de gente de mi edad.
Y lo peor de todo, es que esta persona que tan rara me ve, dice a mis espaldas que debo de tener un grado de autismo, porque soy muy rara.
Igual sí, quién sabe, lo que sé que no soy es una de esas personas que necesitan hacer de menos a los demás para sentirse ella mejor.
