¿Cuántas cuentas pendientes quedan sin ser abonadas? No, no me refiero a las deudas, sino a los «y si…» que permanecen en nuestra mente como puertas abiertas que nunca se cerraron. Esto fue justo lo que les pasó a mis octogenarios vecinos José e Isabel. Ambos vivían en la misma calle y se conocían desde que eran niños. Eran amigos desde siempre, pero en aquellos tiempos había que trabajar para buscarse la vida.
Además, la familia de ella era muy religiosa y ya le había echado el ojo al hijo de un señorito para que su hija viviera «como una reina». En cuanto cumplió los 17, fueron novios y al año siguiente se casaron. Así comenzó la vida matrimonial de Isabel. La de José fue algo distinta. Conoció a la hija de su jefe, entabló una relación y antes de que se diera cuenta terminó casado y con un piso.
A lo largo de los años no se volvieron a ver al vivir en distintas partes de la misma ciudad. Tampoco coincidían durante las fiestas locales, o en cualquier centro comercial. Ambos pensaron que aquel incipiente amor de juventud se fue con el viento. Además, tenían faena por delante, ya que ambos tuvieron cuatro hijos y el final de la dictadura les llevó a tener que moverse bastante para mantener su nivel de vida.
Poco a poco, la edad comenzó a hacer su efecto y los achaques ya llamaban a la puerta. A ella la menopausia le llegó a los 50, a él la andropausia sobre los 55. Con nietos en el mundo, sus vidas se limitaban a ir a trabajar, salir un poco el fin de semana y vuelta a la rueda. Cuando cumplieron los 65 se jubilaron y cinco años más tarde comprobaron que sus respectivas parejas tenían cáncer.
El asunto no pintaba nada bien para ninguno de los dos y terminaron falleciendo tras una intensa lucha contra la enfermedad. Se volvieron a ver en el tanatorio, en el entierro de su pareja y se saludaron entre lágrimas. No perdieron la oportunidad de intercambiarse los teléfonos para hablar con más tranquilidad pasadas unas semanas.
Me cuentan que esa primera cita les hizo sentirse como si tuvieran 14 años. No olvidaban la pena por quien se había marchado, pero tampoco que había que saldar esa cuenta pendiente que les firmó la vida. Tras recordar tiempos pasados, entraron en detalles para hablar de su vida actual y ambos se habían quedado solos y al cargo de una cuidadora del ayuntamiento y de otra para las noches.
Tras varios cafés y salidas a comer, decidieron ahorrarse una cuidadora y se mudaron a casa de ella. Ambos están pensando en casarse, aunque los buitres de sus hijos se lo impiden para no quedarse sin herencia, y tienen una agenda que para mí la quisiera. Martes y jueves a bailar, viernes a comer, sábados de excursión y domingo a misa y luego a tomar algo. Solo descansan los lunes, ya que los miércoles van, a veces, al cine o al teatro. Saldaron su cuenta y son felices. Que sea por muchos años.
